Cultura
11-01-2006 - 561 Palabras
(Pintura – Chagall)
EL PARAÍSO TERRENO Y MARC CHAGALL
Marc Chagall, a fin de cuentas, tuvo una visión particular del
universo. ¿Acaso no es eso el estilo de un artista?
“Obra gráfica” (aguafuertes, aguatintas y puntasecas), en el Centro Cultural Borges hasta el 2 de
marzo, expone tres series de ilustraciones realizadas por el famoso pintor
judío. De carácter sacro o pagano, cada una de ellas comprueba la maleabilidad
del artista para representar diferentes naturalezas humanas.
La perspectiva de las
primeras dos colecciones se construye con primeros y segundos planos de poder y
sumisión, acercamientos subjetivos a las relaciones humanas de cierta sociedad,
en cierta época. El mundo pictórico de la tercera serie se sostiene en los
modos de la percepción onírica: trazos esfumados, ángeles en posiciones
misteriosas, todo a partir de un pasado remoto, en blanco y negro.
Así, en Las ánimas muertas –nacidas en 1923 bajo el encargo del galerista y
editor A. Vollard–, nos encontramos con Chichikov, el pícaro de la novela homónima de Gogol. Parodia y “conventillo” se representan a través de
trazos definidos que recrean un cómic de época de la sociedad rusa: perros y
gatos corriendo por el gallinero y el comedor, pequeños funcionarios de bigote
gracioso y carretas que abandonan el campo. Viñetas grotescas que prefieren
situarse en los pormenores de la vulgaridad aunque, por momentos, atraen al
espectador hacia una narrativa melancólica (por ejemplo, en “El policía bajo la
luz”).
Las ilustraciones pertenecientes a la
serie Los siete pecados capitales no
se alejan mucho de este estilo. Seis postales exclusivas desde la ciudad de la
caída, en las que el pecho desnudo de una mujer casada, la cara de gallo en el
cuerpo de un dandy (y una pequeña gallina que lo
acompaña de fondo) manifiestan con claridad el poder comunicativo de Chagall: las figuras actúan como símbolos reconocibles, si
bien estamos ante novedosas representaciones de antiguas ideas.
Hasta aquí el reino de este mundo y, más
allá, las ilustraciones de La Biblia (también encargadas por Vollard, en los años 30). Incertidumbres metafísicas
recreadas por las técnicas de manchado y esfumado: aquí los hombres viven
estrechamente conectados con su Creador y, así, en “La oración de Isaías”, un
ángel le golpea la espalda al profeta compungido,
mientras el sol asienta el nombre de Dios con letras invertidas.
Las mejores ilustraciones son las de David, ya sea cuando mira desde
una terraza a Betsabé en la bañera, cuando sostiene
la cabeza de Goliath (que no es tan grande) o cuando
se encoge sobre sí mismo para llorar a su querido Absalón.
Otra de las más impactantes es la que
representa la creación del hombre: un ángel sostiene algo que parece el cuerpo
de un niño dormido, el resto es oscuridad.
Mientras que en Las ánimas perdidas y Los
siete pecados capitales el tiempo narrado es un pasado cercano, digno de
crítica y humorismo, el pasado bíblico de la última colección – igual que en
las novelas épicas— aparece como un pasado heroico donde suceden los grandes
hechos que luego serán cantados por los siglos de los siglos.
Marc Chagall, siempre conectado con la naturaleza y la historia
a través de lazos místicos e infinitos, restaura, en estas ilustraciones, los
tiempos de creer y los tiempos de evaluar. Nada más correcto para quien vivió
en el planeta Tierra, pero miraba fijamente al Cielo.
Mijal Bloch
cultura@agenciamp.com.ar
Agencia MP
Se
autoriza la reproducción gratuita, total o parcial, con expresa mención del
nombre de su autor, de la agencia, y aviso a redaccion@agenciamp.com.ar.
Para mayor información, ingrese a la sección legal de www.agenciamp.com.ar