Cultura 11-01-2006 - 596 Palabras

(Muñecas – Historia)

 

LAS MUÑECAS

 

Pasaron los reyes y con Melchor, Gaspar y Baltazar -además de los camellos y la estela mágica- hicieron su arribo cientos de miles de muñecas que llenaron los sacos de la generosidad monárquica. Hubo otros juguetes, pero para “los tres fantásticos” el más familiar -y el que los ha acompañado durante la mayor parte de su añosa vida- ha sido la muñeca.

 

Nina medía sólo 23 centímetros. Claro, Nina era una muñeca, la primera que encontraron los arqueólogos en una necrópolis romanocristiana. Esculpida en marfil en tiempos del Imperio Romano, escapó a su destino primero -el de acompañar a su dueña a través de las centurias- para convertirse en un verdadero clásico.

 

Nina, pariente lejana de las últimas Barbies, ha dejado su impronta y aún hoy su éxito reconfirma el ininterrumpido camino de las muñecas en la historia del juguete, muy por encima  de las historias sexistas y civilizaciones: primero, las de cartón; luego, a partir de 1960, adoptaron el plástico y los empresarios remontaron sus balances por el aire y registraron consecuentes récords de producción.

 

Es una historia de años, que en las manos infantiles han convertido a la muñeca en el más flexible y a la vez lleno de posibilidades de todos los juguetes.

 

Hablamos del objeto lúdico y simbólico que, desde la antigüedad, fue sinónimo de fin de una etapa y el comienzo de otra.

 

Desde la lejana Roma, donde una vez finalizada la pubertad debía entregarse la muñeca a la diosa Venus, hoy la muñeca es sinónimo de una niñez más acotada que ve su línea de paso a los ocho años.

 

Para ellas, las grandes compañías han diseñado costosos procesos de producción donde millones de pequeñas Barbies ven la luz por día.                                               

 

Así, en la larga línea del tiempo, habrá que revisar desde el antiguo Egipto, y pasando por Grecia y Roma, donde las había de barro, madera y cera y marfil y ámbar.

 

Vendrá después la edad media (del siglo V al XV) donde las habrá con sus ajuares, cochecitos y silbatos de barro o madera que compartían “target” con juguetes inspirados en el arte de la guerra, de madera o de metal.

 

En el Renacimiento las había caras, que tenían los brazos articulados en hombros y codos e iban lujosamente vestidas con trajes bordados o humildes, que eran de madera trapo llamadas “muñón”, porque no tenían brazos ni piernas y hasta de pasta de papel y cera.

 

Ya transitando el siglo XVIII las había decorativas, que servían para mostrar el poderío económico de su propietario y tenían la cabeza de cera, los ojos de cristal y el cabello auténtico y traían de accesorios vestidos, muebles en miniatura y vajilla.

 

En el siglo XIX aparecieron los cochecitos de madera, barcos de vela y títeres de cartón, y ya en pleno siglo XX, la Barbie se convirtió en el símbolo de la muñeca por excelencia.

 

Para los especialistas, el éxito del juguete parece sencillo de medir: es la forma en la que la niña desarrolla sentimientos afectivos y maternales. Ni más ni menos.

 

El 2006 amenaza con coronar a la muñeca -junto a sus miles de accesorios-, como el juguete que más se vende en todo el orbe. Aunque amenazado por los electrónicos, el último eslabón en la cadena, sobrevive y hasta goza de buena salud. Sin embargo no fue ayer cuando nació.

 

Así, habrá larga vida y quizás dentro de varios años, Melchor, Gaspar y Baltasar volverán una vez más en sus camellos con la sonrisa mágica y los sacos llenos de muñecas.

 

Julián Guarino

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