Cultura 20-12-2006 - 585 Palabras

(Música – Naturaleza)

 

MÚSICA AL AIRE LIBRE

 

Noche de diciembre. Calor. Mucho, mucho calor. Relámpagos. Después: la gran tormenta. Antes, la filarmónica del Colón, con el Colón cerrado por refacciones por bastante tiempo, despidiendo el año frente a la flor de metal.

 

Ante 10.000 personas, la mayoría de ellas tiradas en el pasto, la orquesta dio cátedra de lo que mejor sabe hacer: arrancar los sonidos de la naturaleza, transportarlos a sus instrumentos y traducirlos al viento para que el oyente los procese a su buen saber y entender.

 

Acostados, mirando pasar las nubes o con los ojos cerrados, los porteños tuvieron el honor de disfrutar de un espectáculo bucólico a cambio de una leche larga vida para los comedores populares de la ciudad.

 

Hombres y mujeres de todas las edades, grupos de chicos, matrimonios mayores, gente que cubría todas las clasificaciones del Indec compartieron el despliegue de rayos láser que iluminaban las copas de los árboles en composé con la música y una naturaleza que, amenazante, les enseñaba continuamente rayos y centellas.

 

El espectáculo, más allá de la calidad musical, fue inigualable. Sobre todo, porque las fiestas populares de la gran ciudad son muy distintas a las que se celebran en el interior. En nada se parecen a la Fiesta Nacional del Inmigrante, de Misiones, o a la Fiesta de la Vendimia en Mendoza.

 

 Allí donde todos se conocen, donde resuenan las músicas y costumbres típicas de cada lugar, Buenos Aires contrapone el encanto y el desencanto del anonimato. Nadie se saluda, nadie siquiera se mira. La gente llega como se va. Con rumbos desconocidos, con opiniones diversas sobre lo que acaba de pasar.

 

El auspicio del evento juega su parte. En el caso de las provincias, los gobiernos locales, la televisión, algunas productoras musicales y un supermercado o industria del lugar colaboran en la producción del evento.

 

Al costado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires una empresa sueca auspició la fiesta.

 

Tetra Pack, productora mundial de las cajitas de cartón con las que se envasan la leche, los juguitos y el vino de mesa, a cargo del mantenimiento de la Plaza de las Naciones, fue la encargada de regalar una noche de las que no abundan en la metrópoli.

 

Y es que, hastiados de inseguridad, cada vez es menos frecuente ver a la gente vagando por un parque a la luz de la luna (o de las nubes, como fue el caso).

 

Las expresiones culturales, pues, se fueron refugiando en reductos cerrados y supuestamente seguros. Enrejados como la plaza, pero con puertas blindadas. Alejándose del contacto más mínimo que se pueda entablar con el entorno natural.

 

Lo que al porteño le resulta cada vez más ajeno, como la combinación de música clásica, de pasto, de cielo abierto, es común en otras ciudades. A lo largo de la bota italiana o, incluso, de la diminuta franja israelí, las urbes albergan espectáculos de este tipo.

 

En Buenos Aires, sólo en los estadios de fútbol se logra generar un efecto parecido. Allí se le paga a una productora para entrar. Acá se contribuyó para paliar la necesidad del prójimo.

 

La modalidad, todo un éxito, promete renovarse con la presencia de Baremboin para despedir el año. El 31 a la tardecita, en el medio de la 9 de Julio, al lado del Obelisco, el maestro oficiará de anfitrión para homenajear él también a los porteños, esta vez en el corazón del cemento, un entorno que les resulta mucho más familiar.

 

Ariel Neuman

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