Deportes 16-08-2008 - 573 Palabras

(Olimpiadas)

 

EN OTRA GALAXIA

 

El deporte argentino es la tortuga de la fábula. La diferencia es que las liebres no duermen, sino que entrenan, invierten, investigan y se hacen cada vez más rápidas, inalcanzables. Otras tortugas hacen lo propio, por lo que la tendencia dice que los años luz de separación se transformarán en milenios en poco tiempo.

 

Sólo algún milagro individual o los deportes en los que existe un talento natural respaldado por infraestructura pueden competir con dignidad, sin que se produzca la lacerante pregunta de “por qué fue para ser humillado”.


En cada Juego Olímpico se produce, vía medios de comunicación ansiosos y poco conocedores, la controversia por la falta de medallas y las, odiosas, comparaciones con otros países. “Que mal que estamos, sólo una medalla de bronce cuando Estados Unidos, China, Italia, etc. ya tienen una buena cantidad de oros”, se escucha a menudo. Como si obtener medallas, de cualquier color, fuera simple, cosa de todos los días.

 

En ocasiones, también, se habla despectivamente de atletas que quedan lejísimos de las marcas principales. Se pone en duda su entrenamiento, su pasión, su amor por la camiseta. Se omiten los titánicos sacrificios que realizan para llegar a la mayor cita posible, no se menciona que, casi siempre, compiten por amor al arte, sin contraprestación económica a cambio.

 

Difícil es encontrar un análisis que escarbe en la absoluta ausencia de una política de estado para con el deporte. Porque las medallas son una consecuencia de arduo trabajo, de años de planificación en países que toman al desarrollo de actividades deportivas como una cuestión indispensable.


La Argentina carece de un plan para el desarrollo de disciplinas de alta competencia. Como ejemplo, en natación y atletismo, pilares medulares de las competencias olímpicas, no existen programas de detección de talentos, trabajo conjunto con escuelas del país, mejoramiento de la infraestructura, planes de becas, etc. Más aún, en la Asociación que rige las políticas de la natación, las feroces internas hacen perder tiempo y recursos que deberían utilizarse para el bien de los atletas.


Es cierto que en la Secretaría de Deportes han mejorado algunas cuestiones básicas como la entrega de las becas para los deportistas o la realización de ciertas obras indispensables como el mejoramiento del Cenard; pero son sólo detalles ínfimos que ni siquiera maquillan la falta de interés estatal en el deporte en general y en disciplinas olímpicas en general.


Las excepciones no tienen nada que ver con una organización pensada, planificada y ejecutada con precisión desde el Estado.

 

El fútbol, el básquet y el hockey se apoyan en el innegable talento natural de los jugadores, sumado a una organización eficiente que administra con sabiduría sus recursos.

 

En el caso de los dos últimos, hijos de ligas nacionales/locales que, a partir de visionarios que copiaron modelos existentes, catapultaron a estas actividades a lo más alto del podio. Y el éxito deportivo produce la necesaria retroalimentación que hace que más chicos quieran practicar ese deporte y existan más opciones para nutrir las canteras.


Otros atletas son enviados a la guerra con piedras frente a misiles. Sin roce internacional, con elementos viejos/usados, sin recursos suficientes para alimentarse bien. A veces, aparecen alegrías inmensas como la de Paula Paretto, que emocionó a todos con su bronce en judo. Son milagros inesperados, propios de atletas con corazón y amor propio que suplen las enormes diferencias que existen con colegas de otras galaxias.

 

Manuel Álvarez Oliva

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Agencia MP