Deportes 14-03-2009
- 576 Palabras
(Pasión)
EXPLICAR LO INEXPLICABLE
Sábado a la mañana, llovizna pertinaz, con visos de continuidad para toda la jornada. Pareja y ambos hijos desayunando, escena familiar idílica hasta que llega la pregunta/afirmación fatal: “Imagino que no juegan”. Él duda, baja su testa, busca luego alguna mirada de su retoño mayor para que lo ayude, pero todavía es muy chico, no entiende lo que está en juego. “Calculo que sí, la cancha se la banca”, se atreve a responder, tímido, casi susurrando. “No lo puedo creer, sos peor que los chicos”, concluye ella, terminante.
¿Cómo hacer para explicar el significado de jugar al fútbol por más que pasen los años, se sumen responsabilidades?
¿Cómo transmitir que una persona ya cerca de los 35 se desviva por jugar en un torneo todos los sábados?
¿Cuál es la forma de explicar que este juego es la mejor manera de desenchufarse, de olvidar por unas horas la locura del mundo en el que vivimos?
¿Por qué es tan difícil hacerle comprender al entorno que uno es aquel mismo chico que se pasaba horas todos los días en la calle sólo con una pelota y algunos amigos pateando hasta la noche?
¿Es posible transmitir que dentro de la cancha somos todos iguales, no hay jefes ni empleados, no hay sanata, que los bocones mueren en cuanto rueda la pelota?
¿Se podrá hacer entender que valores como la solidaridad y el poner la cara por el compañero hacen del fútbol una buena enseñanza para la vida cotidiana?
La ceremonia se repite, como siempre: enrollar las vendas, chicanearlo al Negro por la belleza de su mujer, vendarse hasta el alma para volver intacto a casa; calentar, poco y mal, para intentar que los músculos no jueguen una mala pasada; hacer que se escucha al DT y a la cancha.
El olor del pasto ya relaja, el aire en los pulmones vivifica y ella, siempre ella, llega al pie, a casa. Ya quedaron en el olvido la semana infernal de trabajo, donde el dinero es el diablo por el que los seres humanos pierden su dignidad; las noches de insomnio por la célebre angustia de los ocho meses; la incertidumbre de no saber hasta cuando alcanzaremos a llegar a fin de mes con los gastos que suben por ascensor mientras los ingresos lo hacen por la escalera.
Patear una pelotita es, de esta manera, un paréntesis indispensable que mejora la calidad de vida; aunque usted no lo crea.
Termina el partido, coca con los muchachos, chistes elevados de tono sin misericordia ni pruritos. El hombre/niño vuelve a su casa, embarrado hasta el tuétano, mojado por donde se lo mire, feliz a pesar de la derrota. Entra en silencio, obviamente por el garage para intentar evitar la cólera del volcán. Es recibido con una mirada criminal que lo desnuda, lo interroga, quiere humillarlo. Levanta la cabeza, sonríe, busca despertar el amor que sabe que está en algún lado, escondido.
“Sacate todo acá, no ensuciés adentro”, descerraja con voz fría. “Bueno”, balbucea y mira la retirada despectiva de su compañera de viaje. Ella intenta ocultar su cara pero no puede evitar que se vislumbre una tierna sonrisa: “Mas vale que no te enfermés, sos como un nene”, concluye, ya casi divertida. “Ok”, asiente nuestro héroe, orgulloso de volver a comprobar que su mujer lo quiere así, como el chico que fue y que vuelve a ser cada vez que rueda una pelota.
Manuel Álvarez Oliva
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Agencia MP