Economía 06-12-2007 - 565 Palabras

(Inflación – Cristina)

 

CON LOS HELADOS NO

 

Que aumente el tomate, el taxi, el zapallo, los pasajes de avión, los alquileres en la costa para la temporada, la ropa, los electrodomésticos, la canasta navideña, las tarifas de servicios públicos en manos públicas y privadas vaya y pase. Que aumenten lo que se les cante, pero los helados no.

 

El helado, desde el auténtico y artesanal hasta el industrial más coloreado y aromatizado que un paladar pueda tragar, forma parte de un folclore estival que congrega a grandes y pequeños desde tiempos inmemoriales y que debería permanecer intacto.

 

¿Qué abuelo, con jubilación mínima o media, estará en condiciones de llevar a sus nietos por un cucurucho de vainilla y dulce de leche a los valores que las pizarras muestran hoy? ¿Qué mozalbete invitará a la niña de sus sueños a compartir sonrisas entre frutilla y limón? ¿A quién puede preocuparle más el índice Marval que el precio del vaso chico?

 

Sin embargo, y a pesar de que el Indec ni siquiera le presta atención (al fin de cuentas, justo es decirlo, hace tiempo que el helado se ha convertido en bien suntuario para la mayoría de los argentinos), el precio de venta al público no deja de aumentar.

 

No piense en las grandes firmas, esas que venden el kilo por encima de los 10… dólares. En el barrio, en la esquina, lo que ayer costaba $ 11,90, anteayer cotizaba a $ 6,90 y mañana estará a $ 14.

 

Pero el helado no es como otro alimento. Somos muchos los cultores de esta gélida composición alimenticia, a la que ni siquiera la consideramos comida o bebida (porque la discusión entre los especialistas en la materia es si se toma o se come el bendito helado), sino un insumo esencial para engrandecer el alma y reconfortar el espíritu.

 

Es, para nosotros, religiosos del cuarto kilo, casi, casi como el mate, bebida espirituosa cuando se comparte en ronda de amigos; de compañía, si se lo consume a solas.

 

Pero parece no haber caso.

 

Cada vez que paso por la heladería el precio ya cambió. Y siempre, para colmo, lo hace para arriba.

 

¿Acaso estarán aplicando la misma estrategia que con los cigarrillos? ¿Atacando la adicción con un aumento de precios que se traduce en impuestos para el fisco?

 

¡Qué clase de ser humano sería capaz de semejante aberración! ¡Qué diablo tan inescrupuloso sería capaz de incrustar su cola e hincar sus afilados colmillos sobre un Don Pedro!

 

No se encuentran respuestas por el lado sentimental. Mucho menos por el aparato digestivo ni por las recetas de Martiniano ni por la alta cocina de los chefs internacionales.

 

El aumento, en cambio, tiene justificación en el alza generalizada de precios en la que está inmersa la Argentina. Suba que podrá diferir entre los distintos sectores de la economía, pero que, en su conjunto, le deparará una dura oposición -tal vez, la más sólida de todas- a la elegida Presidente.

 

Si se miran los discursos, Cristina parece de la idea de que lo de la inflación es pura farsa, una orquesta impulsada desde los partidos políticos no oficiales para desestabilizar la economía y generar confusión.

 

Ojalá fuera ese el punto. Ojalá a Cristina le gusten los helados tanto como a mí. Gustoso la invitaría con un kilo entero si se muestra capaz de congelar el precio, sin generar escarcha alrededor.

 

Alcides Cepeda

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Agencia MP