Economía 03-01-2008 - 559 Palabras

(Huso horario)

 

ADELANTAR LA HORA

 

¿Y? ¿Ya se siente mejor? ¿Ya se le pasó el impacto biológico que generó el fenómeno conocido como ‘no me canso de decir idioteces sobre lo que 60 minutos más o menos le pueden causar al organismo humano, a la familia y a la comunidad’?

 

Si la respuesta es sí, usted no ha prestado la debida atención a la enorme cantidad de sandeces que se han repetido en cuanto medio y conversación existe, sobre las consecuencias que podía llegar a provocar el cambio en los relojes. Porque hasta hace unos días se hablaba de una semana, al menos, para volver a acomodar el cuerpo y, con él, las comidas y la actividad física, luego de la decisión gubernamental.

 

Si la respuesta es no, si todavía está mareado o lo aquejan los insomnios, probablemente lo alivien las siguientes líneas.

 

Cambiar la hora para aprovechar la luz natural es una decisión económicamente racional que se aplica desde hace décadas en cualquier lugar del mundo para reducir el consumo de energía. Al moverse el horario de entrada y salida de los trabajos, de las escuelas y, en general, de todas las actividades, se sabe que se prenden menos lamparitas y, con eso, se puede destinar la energía sobrante a producciones más interesantes o, si quiere, a enfriar mejor el ambiente.

 

No es señal de existencia de crisis tomar medidas de ahorro. Es, sí, muestra de necedad no hacerlo, como ocurrió durante los últimos años en nuestro país, alejándonos de una larguísima tradición de movimientos en minuteros.

 

Lo anterior apuntaba a disolver aquello del ‘¡qué locura, cambiar la hora!’. Lo siguiente, en cambio, a desandar aquello del ritmo biológico alterado.

 

Por si alguien no lo sabe, los horarios hace tiempo que han dejado de existir como solían hacerlo. En pocas casas se almuerza a las 12 y se cena a las 20. En pocos trabajos se entra a las 9 y se sale a las 17. Pocas fiestas comienzan a las 20 y terminan a las 24. Ni siquiera la televisión comienza a una hora y se sabe a ciencia cierta cuándo termina.

 

Preguntarle a un chico de 18 años cómo lo afecta la modificación, cuando sale a bailar dos o tres veces por semana hasta las 8 am, no parece esclarecedor en lo más mínimo.

 

Decirle qué vivirá con dificultad a la persona que se toma dos colectivos para llegar al trabajo y que se tiene que levantar todos los días a las 3.30 para arrancar a las 7, parece una estupidez.

 

Mismo, consultar a una madre primeriza sobre los trastornos del sueño o a un exportador de servicios o a cualquiera que interactúe con teleconferencias con un país remoto, no arroja ninguna luz.

 

Y, sin embargo, no hubo medio de comunicación y prensa y difusión que no se sumara a la ola de preguntar sandeces sobre el cataclismo horario que se nos vino encima.

 

A niños pequeños y a ancianos, probablemente les haya modificado algunos hábitos, pero más que seguro nadie haya muerto a causa de la decisión.

 

Económicamente racional y socialmente de bajo impacto.

 

Adelantar la hora fue, en todo caso, una medida acertada que se tardó mucho en tomar.

 

Ojalá se critiquen con tantas fuerzas las decisiones que verdaderamente perjudican. A las que no, lo mejor es impulsarlas y dejarlas ser.

 

Alcides Cepeda

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Agencia MP