Economía
28-02-2008 – 553 Palabras
(Impuestos)
¿IMPUESTOS A CAMBIO DE QUÉ?
Hay países donde, sin chistar, la gente
deja el 60% de sus ingresos en las arcas del tesoro. Acá, en la Argentina, la
presión fiscal apenas si llega al 35% y todos nos quejamos… con razón.
Sentimos, sistemáticamente -no importa cuál
sea el gobierno- que poco y nada de lo desembolsado nos vuelve de alguna forma.
Cuando vemos que los hospitales cierran
por falta de enfermeras, que los colegios no abren por superabundancia de
perros callejeros, que en las calles no se juega por exceso de maleantes, que
la justicia es lenta por falta de recursos, que los que tienen con qué
privatizan su estilo de vida, la pregunta lógica es para qué estamos pagando.
De acuerdo con un estudio realizado y
difundido en Córdoba por la Fundación Mediterránea, salvo en Río Grande (Tierra
del Fuego), donde la presión tributaria llega al 24% por las exenciones
impositivas, todas las ciudades argentinas se ubican por arriba del nivel del
32% de carga tributaria para una familia tipo. A mayor producto bruto
provincial, dice la investigación, esa carga tiene a subir.
Paraná encabeza la lista de presiones con un
nivel del 38,7%, seguida por la Docta (37,6%), La Plata (37,6%), Rosario
(37,3%) y la Ciudad de Buenos Aires (37%).
¿Acaso en esas ciudades se vive tanto
mejor que en San Salvador de Jujuy (32,5%), en Formosa (32,4%) o en la
mencionada Río Grande? El Estado, en todos lados, está ausente por igual.
La prestación pública ha dejado de ser
cosa para todos y se ha convertido en tabla de salvaguarda para los estratos más
desfavorecidos. En los colegios los hijos de los encargados ya no comparten
espacios, ni juegos, ni clases con los de los profesionales o los de los
empresarios.
Cada vez, la brecha entre clases sociales
se abre más y más.
La policía se ha dividido entre pública y
privada. La justicia entre tribunales y árbitros. La salud, entre obras
sociales y prepagas. El transporte, entre enlatado y de lujo.
La razón social de ser de los impuestos es
compartir los gastos que se generan por la convivencia comunitaria de forma tal
que todos aporten en la medida de sus posibilidades (regímenes progresivos) o
de su consumo (regímenes regresivos).
Sin embargo, se advierte también de manera
sistemática que quienes más pueden pagar, más herramientas tienen para intentar
pagar menos, ya sea dentro o fuera del marco de la ley, recurriendo a
profesionales especializados en la quiromancia.
En paralelo, los estados municipales, provinciales
y nacionales juegan a las carreras para intentar recaudar siempre un poco más,
reavivando el círculo que convierte a los pobres en más pobres y a los
pudientes en más astutos.
En este esquema se olvida que no es tanto
el porcentual de los ingresos o el valor absoluto de la recaudación lo que
verdaderamente importa, sino más bien la forma en la que se ejecuta el gasto, a
favor de quién, de qué forma y con cuánta transparencia u oscuridad.
No somos Suecia, claro. Ni ningún otro país
de la Europa más rica y más estable. Somos América Latina. Argentina. Pero toda
lógica indica que el 35% de nuestros ingresos podría estar invirtiéndose de
otra manera, incluso para que llegue el día en el que voluntariamente estemos dispuestos
a pagar más.
Alcides Cepeda
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP