Economía 13-03-2008 - 562 Palabras

(Soja – Monocultivo)

 

¡OTRA VEZ SOJA!

 

Si Mafalda siguiera hablando, en lugar de sopa su madre la llenaría a base de soja. Milanesas, porotos, brotes, aceite, leche, lo que sea. Todo con tal de alimentar una de las industrias nacionales en más fuerte crecimiento.

 

En efecto, la siembra de soja en la Argentina alcanzó un nuevo récord histórico, creció un 4% y trepó a 16,9 millones de hectáreas, el equivalente a la mitad de toda la superficie cultivada del país.

 

Hasta hace 10 años, los libros de textos hablaban de maíz, trigo, cebada, centeno, carnes, cueros y leche como productos fundamentales del campo argentino. Desde hace algo menos de una década, no paran de agrandar la palabra soja.

 

El ritmo vertiginoso de los precios internacionales, duplicados sólo en el último año; el crecimiento del consumo en países poco menos que continentales, y una relativa facilidad para plantar y cosechar este tipo de oleaginosa a muy bajos costos se conjugan en una carrera que parece no tener fin.

 

El Estado, en paralelo, recauda de a cientos de millones en función de los impuestos (retenciones) a las exportaciones que se extraen indirectamente de su producción, como canon al productor local por el uso de su propia tierra, un disparate no coparticipable que acompaña al agro desde tiempos remotos.

 

¿Por qué habría de regularse, entonces, la expansión del cultivo o la producción de soja? Ganan los productores, gana el Estado, ganan los compradores internacionales. Hasta Mafalda gana, si uno se descuida (al menos, no tiene que tomar sopa).

 

La fiebre del oro ensojado aumenta, pero pocos hablan del suelo. Pocos revisan el rumbo económico que tuvieron las plantaciones monocultivo de países que supieron encontrar su auge y decadencia de la mano de una producción atada a la suerte de un precio, de un único precio internacional.

 

Cuba, Haití y Bahamas están ahí para mostrar la suerte que les llega, tarde o temprano, a todos aquellos que creen que porque algo es redituable en un momento, siempre lo será.

 

Como raramente ocurre eso, cuando la madre naturaleza o el padre mercado internacional deciden sacudir a la producción, a la oferta o a la demanda, la hecatombe dice presente y se torna más que difícil revertir la situación.

 

No es sólo por una cuestión de adaptación económica, sino porque el suelo va viendo cómo se consumen sus nutrientes naturales. Un único cultivo absorbe siempre el mismo tipo de mineral y genera siempre el mismo tipo de desecho. Siendo así, el desgaste de la tierra y la capacidad de recuperar sus fuerzas disminuye progresivamente.

 

No es en vano que los viejos libros de texto hablaban de rotación de cultivos, de barbecho, de rozas, y que mostraran antecedentes más que exitosos de este tipo de tecnologías agrícolas en los valles del Nilo en el antiguo Egipto, o en las altas montañas Incas en las zonas del Cuzco, capital del viejo Imperio.

 

“En una gran superficie la soja es un monocultivo, no lo podemos negar”, dijo hace unas semanas Rodolfo Rossi, presidente de la Asociación de la Cadena de la Soja (AcSoja). A eso, el funcionario agregó que en una amplia zona no se toman las medidas para conservar la calidad del suelo.

 

Mafalda peleaba contra la sopa. Si supiera que fue reemplazada por un alimento que mata el suelo, seguramente gritaría “paren el mundo, me quiero bajar”.

 

Alcides Cepeda

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Agencia MP