Economía 10-04-2008 – 591 Palabras

(Política económica)

 

CONTINUIDAD ECONÓMICA, ¿CONTINUIQUÉ?

 

Bastante daño nos hizo que nuestros gobernantes siguieran las locas ideas del Fondo Monetario, mientras el vulgo veraneaba en Cancún, como para tener que escuchar ahora que la inflación oficial no es tan oficial como se dice.

 

Como en el cuento del pastorcito y el lobo, ya no le creemos nada, por más que a lo mejor en esto y solamente en esto tenga razón.

 

La inflación, a decir verdad, cae dentro de un análisis más amplio que incluye al campo, a la industria, a la producción de bienes y de servicios, a las importaciones y exportaciones, y a otra serie de actividades económicas generadoras de valor o de disvalor.

 

En cualquier otro país del mundo, probablemente, no lo entenderían, pero aquí, en la Argentina, se trata de rumbos y sentidos que se le intenta dar al país.

 

El gobierno, por ejemplo, ahora comienza a reconocer una tímida suba de precios, luego de que el parate del campo mostrara buena parte de su poder.

 

Baja la cantidad de productos ofrecidos, la demanda se mantiene constante, no hay stock, suben los precios. Un cuadro clásico de equilibrio oferta-demanda.

 

Antes podría haber dicho que se reactivaron las fábricas, que los niveles de empleo aumentaron: más gente tiene más dinero para gastar (comprar, en términos de mercadeo) y por ende demanda más bienes y servicios, haciéndolo más rápido de lo que ellos se generan, empujando a una suba de precios para contener el boom de consumo.

 

Pero el problema de fondo no son las explicaciones más o menos ciertas, más o menos elaboradas que se tengan para elucubrar, sino de unidad y uniformidad de estrategia económica o, por el otro lado, de las oscilaciones constantes.

 

Diez años vivimos al amparo del sector financiero y la especulación a mansalva, destruyendo el aparato productivo. Cinco años vivimos en base a la soja y generando una industria nacional incipiente, con un tipo de cambio artificialmente alto para incentivar el comercio exterior (las ventas) de nuestro país. Ahora, van tres años sacando del campo todo aquello que la tierra nos da, con medidas que se sucedieron en torno al cierre de exportaciones y suba de impuestos.

 

Para la minería, para la foresta, para la pesca, para los servicios, para la tecnología, para los seguros, para los profesionales, para todos podría decirse lo mismo: hace falta horizontes claros o, al menos, signos inequívocos de que los rumbos y las políticas perdurarán en el tiempo.

 

El cambio abrupto, sea por capricho o por verdadera falta de planificación del gobernante anterior, lejos de crear una economía sólida y multirrubro, no hace más que debilitar las bases productivas y desalentar el flujo de inversión.

 

Impacta, además, en el sistema educativo, en las relaciones humanas, en los ámbitos de interacción social, en las familias y en la cultura toda.

 

Que conste que no ha sido ésta la particularidad de uno, dos o diez gobiernos. En el siglo XXI, pero también en todo el siglo XX y en una parte del IXX, supimos jugar a este mismo juego de dubitación.

 

Hacer una nueva estructura productiva cada cuatro u ocho años (lo que dura uno o dos mandatos presidenciales) no puede más que dinamitar los resultados de la economía y aumentar la catarata de especulaciones sobre cuál será el sector que, por los próximos meses, habrá que sobre-explotar para sobrevivir los próximos años.

 

Así no funciona. Así no hay mediano plazo que resista. Así se vive para hoy, pero se tiene hambre el resto de los días.

 

Alcides Cepeda

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Agencia MP