Economía 01-05-2008 - 556
Palabras
(Pobreza – Villas)
AL COSTADO DE LA AUTOPISTA
La autopista se mete de lleno hasta el macrocentro de la ciudad. Desemboca en una de las zonas más paquetas de Buenos Aires, a la altura de un hotel cinco estrellas y de la residencia del embajador de Brasil. Para llegar allí antes hay que pasar por encima de la 31, un asentamiento que refleja el deambular de la historia económica argentina.
El mirar desde arriba es una figura elocuente: los autos pasan raudos entre
construcciones precarias de uno, dos, tres y hasta cuatro pisos. Hay antenas
satelitales para mirar HBO y el partido del domingo, del miércoles, del jueves
y del sábado. Hay música de fondo, chiquibum, chiquibum.
Hay chicos revolviendo con un palo en la basura y un perro desgarbado que
les hace compañía. Mujeres con rubios ficticios que acarrean canastos. Un auto
de lujo que entra, frena, intercambia y se va.
El micromundo tiene identificados a los honestos y a los otros, maneja una
economía paralela propia y, fundamentalmente, se expande.
La villa crece, ocupa terrenos vacíos, completa terrenos llenos, cultiva
enfermedades erradicadas hace siglos, convive con el hacinamiento, la falta de
cloacas, gas y luz legal.
Desde afuera se la mira como un paso indeseado para llegar a destino. Desde
abajo es todo pura realidad.
¿Cuántos sueños rotos habrá ahí adentro? ¿Cuántas promesas de campaña que
no se materializarán nunca? ¿Cuántos índices de crecimiento que son fantasmas
en el medio de una ciudad adentro de otra?
Excluidos, segregados de todo desarrollo, son un ejemplo perfecto de la
conformación de la sociedad argentina. Expulsiva, no inclusiva. La del sálvese
quien pueda. La de las externalidades y la de los males necesarios para que el
resto de los que todavía no caímos en desgracia, podamos trepar un tiempo más.
La falta de contención encuentra miles de justificativos en tiempos de
crisis. En épocas de bonanza, cuando los fondos públicos rebozan en billetes de
todos los colores, no tiene perdón posible.
La villa se expande y, sobre ella, transita la autopista. Autos modestos,
autos de lujo, nafta quemada y algún que otro accidente enmarcan la vida en
estos asentamientos.
La vida avanza sobre ellos. Ellos están ahí, en el estanque. Algunos podrán
esforzarse. Salir. La mayoría no.
¿Se puede desarrollar un país sobre sus espaldas? ¿Puede aspirar a crecer
una comunidad cuando lo que ayer ocupaba unas decenas de manzanas hoy, por
necesidad, alcanza miles de kilómetros cuadrados?
Barrerlos, como quiere el gobierno porteño, puede que mejore la vista pero
en nada soluciona el problema. Y el problema no son ellos, sino las condiciones
que hicieron que todos nosotros podamos pasar por allí sin decir absolutamente
nada y las situaciones y desmanejos que facilitaron el crecimiento de la
pobreza hereditaria, arraigada en la argentina desde hace décadas.
Caldo para la marginalidad, para la delincuencia más barata, mano de obra
curtida y desaprovechada. Todos con teléfono celular. Con zapatillas de marca
trucha o real. Sin escuelas ni futuro. Mientras consuman, valen en la sociedad
moderna.
Así crece la Argentina. Fragmentada y casual. Carente de planificación y de
rumbo fijo. Un día para acá, otro para allá. Empapada de una única constante:
al que le va mal, siempre le puede ir peor y, para colmo, a nadie le importa un
bledo. La autopista, avanza para otro lado.
Alcides Cepeda
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Agencia MP