Economía 29-05-2008 - 564
Palabras
(Consumidores)
¿QUÉ NECESIDAD?
La economía argentina, la diaria, no la macro, se sujeta con alfileres doblados y oxidados. El cliente, salvo honrosas excepciones, por lo general lejos de tener la razón oficia como gil de estopa al que hay que estrujar hasta sacarle el último centavo, como si nunca más lo volviéramos a tratar.
El “te queda bárbaro”, tan característico de los locales de indumentaria,
es sólo una muestra ínfima de lo que experimenta el comprador de casi lo que
sea, cuando va en busca de una operación.
“Me gusta este departamento”, dijo la parejita de tórtolos. ¿Lo van a pagar
al contado? “No”. Entonces, en lugar de 50, sale 53.
“Miren que todas las semanas aumenta el precio. Mañana me llega el nuevo
listado y ya no puedo hacer nada. Compren, compren hoy”, dice el de la
concesionaria.
En términos generales, toda aquella compra que requiera un mínimo
conocimiento técnico por parte del adquirente, es objeto potencial de un abuso
por parte del vendedor. Así, inmuebles, vehículos, computadoras y hasta teléfonos
celulares son un festín para el tipo de comercio despreocupado, sustentado en
un sistema salarial que paga a comisión, de acuerdo con las ventas realizadas,
en lugar de hacerlo sobre clientes satisfechos.
Porque, claro, si cada cliente que se retira de un local, incluso sin nada
en sus manos, recomendara al comercio y en función de eso se le pagara a los
empleados, muchos de ellos se quedarían sin un céntimo al llegar el final del
mes.
Es cierto: existen normas y asociaciones de defensa del consumidor que saben
poner el grito en el santo cielo estrellado o soleado cuando se infringe
masivamente un derecho de nosotros, la parte más débil en la relación (aunque
somos los que pagamos), pero el sistema de resolución de conflictos dista de
tener la agilidad requerida para revertir el fenómeno.
¿De dónde nos salen estos modos? ¿Por qué se está perdiendo el “ese no lo
lleve doña, que está podrido” y gana espacio el “por cada cinco limones, tres
son secos y uno está agusanado”?
Hay quienes puede que hablen de supervivencia del más apto. En esa línea,
aparecen otros que apuntan a la viveza criolla. Unos más, más exaltados,
denuncian a vivos tahúres que engañan al desprevenido y unos cuartos hay que le
apuntan al deterioro moral y a la disolución generalizada de valores
compartidos.
“Antes, esto, no pasaba”, recuerdan los nostálgicos. Pero recuerdan mal, al
estilo 1984.
¿Se acuerda lo que es hacer la cola de un banco para pagar un servicio?
¡Para pagar, no para que le regalen plata a uno!
Tenemos una cultura que tienden a menospreciar al usuario y al consumidor.
Que lo considera un imbecil útil cuando entra a un local con la billetera
extendida.
“¿Ah, quiere un auto? Muy bien, muy bien. Usted es un idiota”, es lo que
parece decir el vendedor. Auto o lo que usted quiera. No es cuestión de ser un
purista sectorial.
En la espiral, la economía se va alimentando a pura desconfianza. Y la
desconfianza, claramente, no es un buen indicador de la economía.
Estamos camino al punto en que nadie se fía de nadie. Yo, sin ir más lejos,
aprendí a elegir tomates en la verdulería, cansado de transformar mi dieta de
ensaladas en salsas pomarolas.
Nos miramos con recelo. No es la forma. No es la vía.
Alcides Cepeda
Agencia MP