Economía 05-06-2008 - 576 Palabras

(Precios)

 

EL ÍNDICE MOGUL

 

El mismísimo Indec se vería en aprietos si debiera explicar públicamente el aumento de precios que en los últimos días (ni siquiera semanas) han experimentado las golosinas.

 

Es cierto: no son productos de primera necesidad para la mayoría de los mortales, pero no por eso dejan de ser reflejo del aumento sostenido y generalizado de precios (inflación, con perdón de la palabra).

 

La cajita de maní con chocolate que a principios del mes pasado costaba $ 1,50, hoy se cotiza a entre $ 2,50 y $ 3, dependiendo de la ubicación del comercio amigo. Los chocolates pequeños, que antes salían a $ 1,70, ahora lo hacen a $ 3. Lo mismo pasa con alfajores y confites.

 

Pero son las golosinas más baratas las que vienen inflando sus valores a un ritmo vertiginoso. El turrón más común, el que antes se ofrecía a $ 0,20, hoy cuesta $ 0,40. El Mogul, esas gelatinas de goma con forma de ruedita, costaban hasta hace no mucho $ 0,30, el lunes el quiosquero las venía a $ 1 y hoy ya lo hace a $ 1,20.

 

¿Tan elástica es la demanda como para aceptar pagar un producto con un 400% de aumento? ¿Tanto aumentaron los insumos como para justificar tamaño crecimiento?

 

Enfrascados como estamos con el conflicto gobierno – campo, al que se van sumando otros actores o, mejor dicho, otras marionetas (al menos por el lado estatal); preocupados por el desabastecimiento, asistimos paralizados a un galope de precios que tiene causas mucho más complejas que las que puede detectar una curva de oferta y demanda o una explicación política del funcionario de turno.

 

Porque si bien es cierto que los precios en términos generales han subido y lo han hecho muy por encima de lo que señala el Indec, en los caramelos y en los chupetines se ve a las claras que acá no se trata sólo de una cuestión de costos, sino que existe también la ambición de cada comerciante por llevar a su bolsillo una tajada más grande que la que le corresponde.

 

Formados con una mentalidad de cortísimo plazo, justificada por un contexto histórico que ha sabido ser cambiante tanto en lo político como en lo económico, el pensamiento que prima es “ganar hoy lo más posible porque mañana... mañana no se sabe”.

 

¿Qué pasaría si tuviéramos un poco de confianza en el camino que adopta el país, si no corriéramos a los bancos cada vez que una noticia dice que caen las reservas de los bancos o si no hiciéramos largas colas para cargar el tanque antes de que la nafta aumente?

 

Si Kant viviera y todos hiciéramos lo mismo, probablemente tendríamos una economía mucho más estable, pero como Kant ha muerto y su idea de “universal” no existe, por lo general, en la Argentina, el que no actúa de esa forma termina siendo el que finalmente se perjudica.

 

En ese contexto se explica, en parte, la reacción de los camioneros oficialistas sumando leña al conflicto con el campo. Se trata del pechito argentino, ese que torea primero y piensa después en las consecuencias.

 

Eso es lo que pasa con el Mogul.

 

¿Cuánto Mogul esperan vender a $ 1,20 si, para colmo, no hay monedas y ninguna compra termina por bajar de $ 2?

 

Demasiado nos hemos acostumbrado ya al día a día. Al emparche. A sacar ventaja rápidamente.

 

El hambre para mañana es nuestra miseria de hoy.

 

Alcides Cepeda

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Agencia MP