Economía 10-07-2008 - 559 Palabras

(Hastío)

 

RECONTRA PODRIDOS

 

Esta vez, afortunadamente, no se trata de leche que haya que tirar a la vera del camino; ni de yogurt o medicamentos en mal estado; ni de frutas o carnes que perdieron la cadena de frío. Esta vez, los que estamos recontra podridos somos los mismísimos argentinos, carne en dos patas y de a pie, hastiados de desaprovechar las oportunidades que, vaya a saber por qué, el mundo se empeña en darnos.

 

Por primera vez en la historia, las condiciones internacionales, alineación de los astros mediante, podrían llegar a favorecernos, pero como buenos tangueros que somos, lloriqueamos en lugar de bailarnos una buena samba.

 

Los precios internacionales de los alimentos están por las mismísimas nubes, volando más alto, incluso, que los aviones de Aerolíneas (¿Españolas o Argentinas?), y nosotros, dale que te dale con insistir desde hace dos siglos con lo mismo, producimos alimentos. ¡Buena casualidad!

 

Nadie discute que desde el punto de vista humano y humanitario, el alza de esos valores contribuye al aumento del hambre en el mundo y es una verdadera barbaridad, como bien lamentó la presidenta en la última reunión de mandatarios del Mercosur.

 

Sin embargo, no es una barbaridad tan bárbara como la que muestra a países productores de materias primas diezmados en sus economías y con partes importantes de su población pasando hambre cuando, estadística y potencialmente, habría chances de alimentar a varias poblaciones como la que tienen.

 

La cuestión humanitaria, por otra parte, se soluciona tan fácilmente que sorprende que no se diga: hagámosle un descuento a los países que tienen hambre y que objetivamente no pueden pagar lo que los mercados internacionales les piden que paguen.

 

Claro que si en ese listado aparecen naciones con un par de millones de compradores del iPod2 en lista de espera, pues como decía Gila, “que she pongan!”. Lo otro, lo que estamos haciendo hoy, como política estratégica, es de verdaderos giles.

 

Frenar la producción, no generar los incentivos para que ella aumente, entrar en peleas bizantinas, tomar decisiones unilaterales, pasarse las instituciones por las partes pudendas, reflotar discursos arcaicos, confrontar, festejar el triunfo o la derrota en una votación como si el resultado fuese el verdadero fondo de la cuestión. Todo eso es de giles y cabrían epítetos más feroces si no fuese ésta una publicación respetable.

 

Porque en el medio, como digo siempre, buena parte de los argentinos miramos como pavotes cómo se desaprovechan las potencialidades que tenemos. Miramos cómo crecen Brasil, Perú, Ecuador, Chile o Uruguay, y nos preguntamos por qué el mundo no quiere que la Argentina crezca. “¡Qué cruel es el mundo!”, solemos gimotear.

 

Una explicación básica, cuasi xenófoba, pero invertida, indica que en ninguno de esos países hay tantos argentinos como en nuestro propio suelo. Argentinos que, se sabe, cuando operamos individualmente destacamos y nos tildan, muchas veces, de “brillantes”. Argentinos que, cuando somos más que dos, nos peleamos para ver quién tiene razón y quién es el más vivo... de nadie.

 

Como argentino, lo digo, porque estoy recontra podrido. Repodrido de ver cómo un país, mi país, sistemáticamente se empeña en desaprovechar las oportunidades que milagrosamente se aparecen.

 

No es la forma que tiene una nación de avanzar, de crecer, de desarrollarse y de equilibrar las diferencias sociales. Mucho menos, cuando tiene todas las condiciones dadas para hacerlo. Dadas, no hechas.

 

Alcides Cepeda

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Agencia MP