Economía 04-09-2008 - 572 Palabras

(Gestión)

 

TRENES Y ESCUELAS

 

En cualquier rincón del mundo, la imagen muda estaría asociada a un atentado, a un descarrilamiento o a un incidente, accidente o hecho similar. En la Argentina, con el audio ausente, es fácil comprender que no se trata sino de la ira de los viajantes ante nuevas demoras en el servicio de ferrocarril.

 

El desmantelamiento de las líneas férreas durante los años 90, seguido por el vaciamiento, las concesiones, las peleas intestinas, gremiales, sindicales, patronales, políticas, acompañadas por un servicio nefasto, carente de toda puntualidad, comodidad y previsibilidad, generaron un caldo de cultivo para el hastío de los pasajeros.

 

Los pasajeros, en tanto, cansados de los abusos diarios, sin importancia de hora o localidad, saltan al más mínimo roce y sacuden a la sociedad con piedrazos, incendios intencionales, saqueos y hasta agresiones a policías y a operarios del ferrocarril.

 

¿Se trata de pasajeros comunes, de ciudadanos comunes que reaccionan con virulencia ante la falta de prestación de servicios? ¿Se trata de vándalos que esperan el momento para golpear y patalear?

 

“¿Y a mí, el día quién me lo paga? ”, pregunta un trabajador frente a las cámaras, delante de los escombros, el humo negro y el vagón calcinado.

 

Algo está funcionando muy mal. No sólo los trenes, no sólo los controles, no sólo el sistema de subsidios, sino también y fundamentalmente la lógica general.

 

Los destrozos de esta semana en dos estaciones de trenes le costarán al Estado Nacional alrededor de 30 millones de pesos en reparaciones. Las escuelas porteñas estuvieron paradas durante días por la reasignación de becas anuales por un total de 20 millones de pesos. Es matemática básica: el mal funcionamiento de los trenes genera un enojo que genera descontrol que implica un 50% más de capital que todo el sistema de becas de la ciudad capital.

 

¿Somos piolas? ¿Somos vivos? ¿Acaso hoy el tren funciona mejor que ayer o es la misma porquería de siempre?

 

Sin ningún tipo de margen de error se puede afirmar que el servicio del ferrocarril interurbano es un desastre y que las pérdidas que provoca en términos económicos por ausentismos, llegadas tarde, estrés, inseguridad, accidentes y afines, exceden con creces los números delineados.

 

Sin ningún margen de error se puede afirmar también que el vandalismo no soluciona absolutamente ningún problema. Amenazas de cancelación de licencias, apercibimientos, multas, escándalos y puestas mediáticas ya han desfilado para terminar siempre en el mismo servicio penoso de todos los días.

 

Así y todo, el desmanejo del transporte público encuentra en eln desmanejo educativo un correlato o, tal vez, un precedente que, desde el punto de vista económico acompaña la tendencia multiplicadora del daño que provoca.

 

En efecto: así como un trabajador que viaja en condiciones infrahumanas no rinde lo mismo en el trabajo, así un alumno sin las condiciones básicas y mínimas para estudiar, no puede tener la misma performance escolar y será, luego, un trabajador que incluso en condiciones óptimas de traslado tampoco será óptimo en sus resultados.

 

El no ver en estos fenómenos una pérdida clara, cuantificable en términos económicos a valores presentes y futuros, es uno de los principales motivos para que no le prestemos la atención que se merecen.

 

Por estos días, de hecho, nos esforzamos por dar una buena imagen con el pago de las deudas con el Club de París. Las deudas internas, en tanto, siguen creciendo. La imagen casera se sigue agrietando.

 

Alcides Cepeda

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Agencia MP