Economía 09-10-2008 - 562 Palabras

(Crisis financiera)

 

DOS DÉCADAS SIN HAMBRE EN NINGÚN LUGAR DEL MUNDO

 

Con 700.000 millones de dólares, el gobierno de los Estados Unidos apuesta a comenzar a sellar las heridas producidas por la ruina del sistema financiero en ese país. Con 30.000 millones se solucionarían los problemas de falta de alimentos para toda la humanidad durante un año.

 

Regla de tres simple: los 700.000 millones permitirían llevar paz durante 23 años a todos los seres humanos que hoy pasan hambre. Una cantidad de años no menor, para quienes tienen una esperanza de vida que ronda los 30.

 

En el medio, claro, las voces cantan con sus respectivos coros.

 

Están quienes dicen que inyectar dinero en el sistema financiero es la garantía para que, de modo más o menos indirecto, se generen las condiciones para que esas personas desplazadas de su condición humana, puedan ir reinsertándose en la sociedad avanzada y civilizada que queremos (o creemos) tener.

 

Otros afirman que de hacerse una distribución de tal corte humanitario, más que probablemente buena parte de esos fondos quedarían en manos de corruptelas, burocracias y carroñeros.

 

Desde la lógica más pura, los mismos planteos pueden hacerse en sentido contrario. Al fin de cuentas, nada garantiza que esos 700.000 lleguen al fondo de la cuestión ni que, incluso solucionado ese tema, en algún momento todo aquello que permite hacer el sistema financiero se traduzca en beneficios para la parte más empobrecida del planeta.

 

El planteo, dicen los primeros, encuentra un tinte ideológico, inaceptable en el mundo de los mercados. ¡Como si los mercados no participaran de un sistema ideológico y como si no fueran su componente fundamental!

 

La ideología subyacente a este tipo de sistema es presentarse, justamente, como un estado natural de cosas, ajeno a toda ideología, donde oferta y demanda se autoequilibran.

 

Nada está más lejos de eso. No hay naturaleza alguna en los mercados. No es un orden de cosas establecido por una autoridad divina, sino por el hombre; y no por todos los hombres, sino por quienes están en condiciones de no verse afectados nunca por la suba de precios, pues están en condiciones de comprar lo que sea cuando sea.

 

A ellos les hemos creído durante siglos.

 

La ‘naturaleza’ del mercado intenta mostrar al sistema como más puro, menos contaminado, que otros. Sin embargo, la realidad muestra que cuando se los deja solos, los competidores luchan hasta matarse.

 

Aquello del autoequilibrio no es más que un punto de intersección de dos curvas dibujadas en un pizarrón. En la práctica de una economía compleja, no existe.

 

Se ve, sí, en los mercados de economías primarias, pero no en Wall Street o en la Quinta Avenida. Ni siquiera en la City porteña, si es que tal cosa –en una economía como la nuestra– existe.

 

Antes de proponer su impracticable sistema político-económico-social, los marxistas habían advertido sobre estas realidades. Marx, sin ir más lejos, analizaba la voracidad del capitalista y llamaba la atención sobre los potenciales peligros que implicaba para el sistema en su conjunto.

 

Más de 100 años después de sus anuncios, nos encontramos atravesando una ola de angustia e incertidumbre sin precedentes.

 

Hay algo que no funciona.

 

Con 700.000 millones se busca reparar lo que ya está roto. Con 30.000 millones se podrían salvar vidas. Lo primero, claramente, es un buen negocio para algunos. Lo segundo parece que no importa.

 

Alcides Cepeda

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Agencia MP