Economía 11-12-2008 - 584
Palabras
(Desnutrición)
MUERTOS DE HAMBRE
Inadmisible. Inaceptable. Escandaloso. Vergonzante. Apocalíptico.
Reprochable. No importa qué palabra se use: las letras alimentan el intelecto,
no los estómagos de los ocho chicos menores de cinco años que se mueren por día
de hambre en nuestro país.
Son 2920 chicos por año. Daría lo mismo si fuese 1, pero son 2920.
Para que tome dimensión, haga de cuenta que, de un día
para el otro, se muere la mitad de los compañeritos que van con su hijo al
jardín.
Y eso por contar sólo a los que están en edad preescolar en un país que se jacta de producir alimentos que alcanzarían para abastecer a otros cinco como el nuestro, país en el que las protestas de los productores se hacen arrojando comida a las rutas y las políticas de gobierno apuntan a recaudar más para financiar las próximas elecciones, sin importar el estado en el que se encuentran los sectores más vulnerables –y no votantes– de la sociedad.
Que de acuerdo con un reciente informe de la FAO, la agencia de las
Naciones Unidas que trabaja sobre la Agricultura y la Alimentación, los índices
de hambre en el mundo hayan aumentado hasta alcanzar a las 963 millones de
personas –40 millones más que el año pasado y 115 millones más que en el bienio
2003-2005– no puede servir de consuelo.
Tampoco que en nuestro país se estime que la mortalidad infantil por estas
causas haya disminuido en las últimas décadas e, incluso, en la presente,
pasando de 12 muertes diarias en 2002 a las ocho actuales.
Porque a ellas, según dijo Juan Carr, titular de la Red Solidaria, hay que
sumar a las 2,1 millones de personas que no tienen garantizado el acceso a una
alimentación básica.
Los consuelos, en estos casos, no valen. No son de tontos. Son de sádicos.
¿Cuánto de decisión tienen estos índices, estas muertes? ¿Por qué si la
comida alcanza no hay políticas suficientes que enseñen la importancia de una
alimentación balanceada y suministren los medios y los fines para alcanzarla?
¿Es realmente imposible combatir el hambre o es una contingencia dentro de la
economía, una ‘externalidad’ que el mercado y los Estados prefieren no abordar
con soluciones reales?
Sin lugar a dudas, la desnutrición está vinculada directamente con la
pobreza. Su raíz es económica porque la pobreza, a su vez, es un problema de
distribución, no de escasez de recursos. No existen países pobres. Existen
países que distribuyen mal. Países donde gobernantes y grupos selectos tienen
todo, a costa de quienes no tienen nada.
¿Cuánto hacen los gobiernos del mundo, nuestro gobierno, por direccionar el
producido del cobro de impuestos a fines sociales o por generar planes de
corto, mediano y largo plazo para paliar el hambre entre los que menos tienen?
Los capitales, claramente, poco acuse reciben. China y la India forman
parte del selecto grupo de siete países que congregan al 65% (907 millones) de
personas con hambre en el mundo y, sin embargo, las inversiones fluyen hacia
allí de manos de especuladores, pero también de empresas que aspiran a sacar
diferencias de costes ante quienes trabajan gustosos a cambio de apenas algo
más que un plato de comida.
La falta de voluntad política y de solidaridad genuina confluyen en
perpetuar esta tragedia que, insisto, se cobra sólo en la Argentina ocho vidas
de chicos menores de cinco años por día.
Si usted puede, ahora, seguir comiendo tranquilo, no ayude. Puede que sea
parte del problema.
Alcides Cepeda
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP