Economía 25-12-2008 - 577
Palabras
(Navidad)
COMPRAS NAVIDEÑAS
Sábado previo a la Navidad. Once de la mañana en un Shopping. Se puede
estar. Once y treinta, se complica. A las doce, ya es una agonía de colas,
empujones, desfiles y malos humores.
Mujeres se pasean con hijas tomadas del brazo. Se bambolean a la par con
sus escotes desmedidos, sus bermudas penetrantes y sus sandalias atadas a lo
largo de piernas talladas con pulseras y tatuajes.
Las madres muestran más turgencias que las jovencitas y sus miradas son
mucho más desafiantes que las de las pequeñas. En sus mentes, a juzgar por sus
movimientos, parecen creer que el espejo les devuelve la imagen de Pamela
Anderson en sus años mozos o de Angelina Jolie a cualquier edad.
No es así.
Los hombres van con la llave del auto en la mano, sacudiéndola hacia
delante y hacia atrás en clara demostración fálica que cualquier psicoanalista
de los que abundan en la ciudad -y en el shopping, claro- podría desgranar.
Separan los brazos del torso y caminan zarandeándolos. Se creen musculosos y
fantasean con tener ritmo caribeño en su andar.
Tampoco es así.
Los chicos, chicos, muy cancheros ellos, con pelos parados, peinados
flogger, colitas, aretes, celulares, gritos histéricos, mandan. Comprame esto,
y aquello, y aquello otro. ¿Y los adultos? Obedecen. Van y compran.
La moda de los padres-amigos, también conocida como la de los
padres-pendejos que no sólo no maduran, sino que se muestran más infantiles que
sus propios hijos, encuentra su mejor muestrario por estos días.
Los preadolescentes hablan a los gritos con palabras que no existían hasta
hace un tiempo (‘arre’) o con aquellas que se reservaban para momentos más que
íntimos.
¡Todo cambió tan rápido!
Los carteles de descuento del 20, 30, 50% le transforman la cara a las
vendedoras que están al borde de un ataque de nervios. Es que no sólo el pico
de trabajo no tiene parangón, sino que a eso se les suma la música estridente
en los locales y el olor a sahumerio que los inunda en sus variantes lavanda,
gardenia y dulce de leche granizado con pasas al coñac y cerezas al
marraschino.
Para ellas todo te queda perfecto, la prenda se usa así y la tela cede.
Pura mentira.
El mundo se ha vuelto un monedero ávido de consumo. Colitis, decía Mafalda.
Cuando niño, Papá Noel era uno sólo. Hoy, en un centro comercial se pueden
encontrar entre cinco y 10 barbudos vestidos de rojo y blanco asándose en su
jugo al grito de jo, jo, jo.
Quien se acuerda del Niño por estos días merece un genuino reconocimiento. Son tantas las publicidades que invitan a olvidarlo y entrar en el mundo de los ricos, que cualquiera diría que el ojo de la aguja se ha agrandado cual rojo de tarjeta de crédito.
Comprar, comprar y comprar. En eso, parece, se han transformado las fiestas
que alguna vez estuvieron colmadas de valores. Pasa con la Navidad, con el Día
de Acción de Gracias, con San Valentín, con Año Nuevo. Con fiestas nuestras,
importadas y por importar.
Todas ellas provienen de un sentido humano común: el compartir.
Paradójicamente, el regocijo pasa hoy por tener y tener más que los otros. En
mostrarse y competir. En acumular.
Los índices macroeconómicos muestran eso. La economía lo ha engullido todo.
Nuestro malestar social depende de los vaivenes de los mercados más que de los
afectivos, espirituales e intrínsecamente humanos.
Dicho esto: Feliz Navidad.
Alcides Cepeda
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Agencia MP