Economía 15-01-2009 - 581 Palabras
(Capitalismo – Fuerza laboral)
¿ES EL CAPITALISMO UN AGUJERO NEGRO?
Es cada vez más común encontrar a algún tipo de minoría reclamando por sus derechos laborales, en igualdad de condiciones a las que tienen los hombres blancos del mundo civilizado. Lo que desde un punto de vista de equidad suena razonable, no es, sin embargo, más que una prueba de que el sistema capitalista es insaciable y tarde o temprano lo devora todo.
A lo largo de las décadas ha ido sumando mano de obra a sus filas
(recursos), con esclavos liberados, con mujeres reclamando igualdad de
oportunidades, con personas con capacidades especiales, con minorías
religiosas, recursos productivos y relativamente más baratos que los ‘machos
bravíos’.
El salario familiar dejó de componerse de un único ingreso masculino. También las mujeres comenzaron a colaborar y, en muchos casos, se convirtieron en verdadero sostén familiar. ¿Tienen, por eso, más ingresos las familias de hoy? Claramente, el poder de compra no se ha incrementado sustancialmente (al menos no en un 100% o, si se quiere, en un 70 y tanto por ciento -en honor a lo que se estima representa el salario femenino respecto del de los varones-).
El capitalismo, como sistema, utiliza la fuerza de trabajo, le agrega un
precio (plusvalor) y se queda así con una cuantiosa diferencia. El ser humano
vende su fuerza de trabajo, física o intelectual, por un salario que, en la
mayoría de los casos, no permite mucho más que una subsistencia básica.
En este punto, es claro que la subsistencia en el siglo XXI no requiere de
los mismos bienes que en el XVIII, XIX o XX. Hoy, por caso, es necesario en una
sociedad compleja contar con teléfono, con algún medio público o privado que
garantice movilidad, con vestimenta, esparcimiento y otros menesteres que décadas
atrás eran consideradas puro lujo.
Por subsistencia, entonces, debe entenderse la imposibilidad de dejar de
trabajar para vivir de lo ahorrado. El valor del trabajo alcanza para tener al
ser humano como rehén de un sistema del que difícilmente pueda escapar.
Se suma a esto que la mayor parte de la humanidad no trabaja de lo que
quiere, sino de lo que puede. Así, destinamos 10 ó 12 horas diarias de nuestra
vida a una actividad que no nos estimula y que apenas si cubre nuestras
necesidades, con la promesa de ser un ciclo que permanecerá por siempre allí.
Y a esta rueda se fueron sumando grupos que en algún momento de la historia
no eran considerados como fuerza de trabajo digna de ser remunerada.
¿Progresismo social? ¿Igualdad de oportunidades? En la superficie, podría
interpretarse así. Es el lado amable. La realidad muestra, en cambio, que se
trata de mano de obra que permite incrementar la producción y el consumo,
valores intrínsecos de un sistema que, por estos días, muestra que se presta a
las crisis más disparatadas cuando los grandes jugadores cometen infracciones a
las reglas del juego que ellos mismos decidieron crear.
El capitalismo fue presentado durante el siglo pasado como el compañero ideal de las democracias modernas. Los avances sociales se fueron dando alrededor suyo. Sin embargo, todo parece indicar que la puesta en escena está llegando a su fin.
Hoy, lejos de liberar, el sistema encapsula y fagocita insaciablemente a todos y cada uno de los seres vivos. Todo se vuelve (o todos nos volvemos) voluntaria o involuntariamente parte de él, un sistema que bajo la apariencia de caperucita es un verdadero lobo hambriento y feroz.
Alcides Cepeda
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Agencia MP