Economía 26-02-2009 - 587 Palabras

(Crisis)

 

REPODRIDO DE LA CRISIS Y DE LOS MILLONARIOS SALVADOS

 

No quiero ser grosero, pero esto de la crisis, del regodeo con el acabóse, del Apocalipsis económico argentino y mundial, me tiene requete-recontra-híper-PO-DRI-DO.

 

No es la mía una afirmación económica, ni sería aprobada por mis terapeutas –quienes seguramente recomendarían reposo en alguna playita desierta–, mucho menos por los manuales de estilo de los principales diarios del mundo que prohíben empezar las oraciones con un ‘no’, pero no puedo evitarlo: la ola de negatividad está comenzando a afectar mi tradicional optimismo y buen humor.

 

Sepan disculpar el desahogo. Los invito a sumarse.

 

Me enoja. Me enferma. Me atemoriza. Y, sin embargo, a mi alrededor la vida parece seguir un curso medianamente normal, al menos en lo que puede esperarse en un planeta tan enfermo como el nuestro.

 

El miedo se ha convertido en el verdadero portador de esta crisis. La codicia es la que la alimenta permanentemente.

 

¿Cómo explicar, sino, el hecho de que los grandes magnates de los bancos más grandes aun, los que gestaron la mega caída, se hayan dado el gusto de adjudicarse unos cuantos cientos de millones de dólares a modo de bonus o premio anual por desempeño, utilizando los fondos que el Estado norteamericano les dio como salvataje para que no se fueran al tacho?

 

¿Cómo puede ser que un verdadero desgraciado haya destinado USD 1,2 millones a refaccionar su despacho? ¿Por qué hay gente que está dispuesta a pagar USD 20 millones para vivir en un departamento? ¿Y por qué nadie patalea por el destino que los grandes ricachones le están dando al dinero de los contribuyentes –en los Estados Unidos y en otros países desarrollados, por desarrollarse y por no hacerlo también–?

 

No es, contrario a lo que pueda suponerse, una cuestión de envidia. No soy de esos. Es simple rechazo a la obscenidad rampante.

 

No es la primera vez que lo digo, pero no puedo dejar de pensar que con USD 40.000 millones podría solucionarse el problema del hambre en todo el mundo. Es algo así como 40 veces menos que la cifra que se están llevando las grandes multinacionales y los bancos del primer mundo.

 

Perdón, pero en el correo electrónico, en el kiosco de diarios de la esquina, en la radio, en la televisión, en las casas de cambio, no hago más que escuchar que todo se va al mismísimo demonio.

 

Pienso en que los que generaron esta hecatombe se llevan unos USD 10 millones al año promedio en concepto de remuneración, y me cuesta hacerme a la idea de que si con mi salario hasta ahora me era difícil cumplir con todas mis obligaciones, sin él las cosas puedan llegar a ser mucho peores.

 

Puede que nada pase. Puede que pase todo. Pero mientras, la sensación de incertidumbre, alimentada por el temor generalizado, me agota más que cualquier otra cosa.

 

Por eso es que alzo la voz y lo digo con todas las letras: estoy repodrido de un mundo basado en el consumismo liso y llano, en el que una empresa que estuvo ganando abultadas sumas de dinero durante los últimos veinte o treinta años en todo el mundo decreta su quiebra y despide a miles de trabajadores por dos trimestres de malos resultados.

 

Definitivamente, no es eso lo que yo llamo economía. Eso es derecho penal y no siendo abogado, no me corresponde abordarlo.

 

Pero eso también es ser un caradura y, como ser humano, tengo el deber de gritarlo.

 

Alcides Cepeda

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Agencia MP