Economía 30-04-2009 - 577 Palabras

(Influenza – Pobreza – Desigualdad)

 

VACUNA CONTRA LOS POBRES

 

No existe aún vacuna contra la fiebre porcina. Pronto, dicen, la habrá. Sin embargo, lo que se ha mostrado en estos días de histeria colectiva no habla tanto del problema de la influenza, sino de uno mucho más complejo y estructural.

 

El hecho de que en la Argentina y en otros países por fuera de México el terror avance sobre viajeros recién llegados del país norteamericano, gente de clase media y hacia arriba, desdibuja el perfil de la enfermedad, su tratamiento y las víctimas que se ha cobrado hasta ahora.

 

Los síntomas, se sabe, aparecen súbitamente y con fuerza. Para los primeros en caer, es dable pensar que interpretaron que tenían una gripe “normal” y la automedicaron como de costumbre. Ahora bien, avanzada la información, es lógico preguntarse por qué los sintomáticos no recurrieron a un médico.

 

En México, como en cualquier otro lugar del mundo (exceptuando Cuba y algún que otro país), el médico no es para todo el mundo. Allí, en el país que los españoles montaron sobre los imperios Azteca y Maya, los consultorios del Dr. Ahorro y de su hermano, Simi, llenan el vacío que en materia de salud tiene el Estado en sus diferentes niveles.

 

En la Argentina, para hablar de terreno conocido por todos, los hospitales públicos y las salas de barrio tienen las mismas carencias: falta de camas, de médicos, de enfermeras, de gasas, de electricidad, de equipos complejos, de jeringas.

 

Ayer escribía un columnista que luego de haber pasado dos semanas de vacaciones en México consultó con médicos que trabajan con el Dr. Stamboulian. Fue atendido en minutos. La mayoría de los argentinos, sin embargo, en caso de que sea necesario deberá pedir turno para que le asignen una hora –diez minutos, a decir verdad– de acá a un mes y medio como mínimo, a manos de un galeno que no tendrá recursos para tratarlo, si sobrevive por tanto tiempo.

 

El hospital al que recomiendan las autoridades recurrir, en tanto, es el Posadas, en el conurbano bonaerense, enclavado en una zona donde la inseguridad hace dudar sobre la conveniencia de ir para atenderse por esas regiones. ¿Influenza o tiroteo a la madrugada?

 

Los barbijos, echarpes de moda por estos días, ya se agotaron en Recoleta, Palermo y Belgrano, los barrios caros de la Reina del Plata. En los de zona sur y oeste de la Capital, probablemente nunca hayan llegado.

 

Ni que hablar del interior del interior del país.

 

Como toda enfermedad que se precie de tal, como toda epidemia o pandemia sin importar la categoría que se le dé, una cosa es segura: los pobres cuentan con menos recursos para enfrentarlas y, a la larga, terminan siendo los más perjudicados.

 

Las enfermedades de la pobreza, el cólera, la malaria, el tifus, la fiebre amarilla, el mismísimo dengue, afectan a todos los organismos humanos por igual, pero enferman de manera distinta a la sociedad.

 

No pasa sólo por una cuestión de nivel de defensas, por estado físico general, por nutrición adecuada, por condiciones de vida, sino también por recursos mucho más directos y concluyentes como el acceso inmediato a una eminencia o el acceso mediato a un profesional no especializado y sin recursos materiales para sanar siquiera una mínima herida.

 

La vacuna contra la fiebre porcina, decía, llegará más pronto que tarde. La pregunta es si la vacuna contra los pobres no es la que, en verdad, se está buscando.

 

Alcides Cepeda

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Agencia MP