Economía 14-05-2009 - 552 Palabras

(Sopa)

 

SOPA DE ECONOMÍA

 

Frío, calor, lluvia, sol. Ella le da al cuchillo, despanzurrando las verduras que vende en formato natural o cortadas para sopa, y la sopa, mal que le pese a Mafalda, se le acaba una y otra vez.

 

No encuentro estadísticas sobre el negocio de la sopa, pero le debe estar yendo bastante bien. Las hay como ésas que describía, frescas y naturales; otras más caseras aún, a base de compuestos varios, y lo que sí lleva a hablar de negocio, una góndola entera en cada supermercado de sobres, frascos, cajitas y concentrados que combinan distintos sabores de lo que luego será un líquido caliente.

 

A la variante sopa crema, aparecida allá por los años 80, se suman ahora las propuestas del tipo ‘vegetales verdes’, ‘verduras de primavera’ o ‘tomate light’.

 

La idea de sopa light es de por sí llamativa, más aún considerando que existen libros enteros que las preceden, dedicados a la dieta en base a sopas y otros líquidos.

 

Los cubitos para caldo de carne, gallina o verdura han cedido espacio a sobres con polvos astronáuticos; los dedalitos y las letras se dejan cautivar por los minestrones y los choclos rallados.

 

Las publicidades vuelven a decir presente y ofrecen a la sopa un espacio central en la mesa familiar, en el parate de la oficina o, incluso, para aquellos que trabajan en espacios abiertos y no pueden sentarse a masticar algo que requiera de cuchillo y tenedor para facilitar la digestión.

 

¿Es la supersopa? No directamente. Aquella fue una iniciativa que prometía paliar el hambre en base a poderosos nutrientes añadidos artificialmente. Más modesta, mi sopa igual sigue siendo un compuesto fuente invaluable de proteínas, vitaminas y minerales.

 

A esta altura, justo es que alguien se pregunte por qué la sopa se cuela en una columna de economía. Pues bien: estamos viviendo una economía plagada de cortinas de humo, como las que salen de un plato hondo o de un cacharro de boca angosta para que el calor no se disipe.

 

Estamos en medio de una crisis que nos zamarrea para todos lados, como les pasa a los granos de arroz cuando la cuchara comienza a hacer olas sobre el líquido. Estamos tan perdidos y tan faltos de ideas como puede estarlo un chorizo colorado en medio de una sopa de finas hierbas –con lo cual, a riesgo de adelantarme, no se extrañe si en la próxima columna me despacho con un guiso de lentejas–.

 

Escribo de la sopa porque tengo frío, pero mucho menos frío que el que están padeciendo hoy los millones de argentinos que no tienen calefacción o abrigo o techos o sopa para guarecerlos de la lluvia y el viento.

 

De esto hablo porque la economía pétrea, inmortalizada en fórmulas y números, es una bonita herramienta que suelen manejar quienes en lugar de sopa se acostumbran a comer lomo a la pimienta con champignones y papas noisette.

 

Escribo esto porque hace unas horas el Indec nos volvió a mentir en la cara, porque la crisis económica mundial sigue encontrando soluciones que sólo benefician a los que la provocaron llenándose los bolsillos de dinero y, fundamentalmente, porque el médico me indicó que cuando tenga mucho asco y el mundo me dé nauseas, haga ayuno o tome un caldo.

 

Alcides Cepeda

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Agencia MP