Economía 23-07-2009 - 550
Palabras
(Instituciones)
NADA ES LO QUE PARECE
Uno podría pensar que el gran problema es el Indec y sus mentiras. O que el Ministerio de Economía está encabezado desde hace años por alguien que no es ministro de nada. Se podría creer que la Bolsa no es baremo de la economía sino un espacio para la especulación, al igual que el valor de la divisa no es más que una herramienta política para castigar a determinados sectores de la producción.
Es más que probable que en un país como el nuestro todo eso sea cierto en
su completitud o en parte de ella, pues las instituciones raramente cumplen con
aquello para lo que han sido creadas.
A la mente vienen rápidamente las vinculadas con el sector público, como el
Poder Judicial que debería impartir justicia; el Consejo de la Magistratura, que
debería seleccionar y sancionar a los jueces; los Ministerios y sus
dependencias, que deberían estar al servicio de la ciudadanía; la policía, que
debería velar por nuestra seguridad, o el Parlamento, que debería representar
los intereses del pueblo y de las provincias.
Sin embargo, es difícil sostener que sólo porque aquellas instituciones no
cumplan en la práctica con aquello para lo que fueron creadas, un país puede
estar estancado –o retrocediendo– como lo hace el nuestro. Tiene que haber algo
más.
Y lo hay.
Las instituciones creadas –en el fondo y en los fondos– para hacer algo
completamente distinto a lo que están llamadas a hacer o que, con el correr de
los años, convirtieron su ‘negocio esencial’ en una cuestión secundaria,
abundan por igual en el sector privado.
Cuando un grupo económico hace lobby, por ejemplo, persigue muchas veces
sus propios intereses –algo en principio razonable–, pero otras simplemente
hace política ideológica de la más básica.
Cuando los sindicatos se pelean, no lo hacen por defender mejor los
derechos de los trabajadores, sino por el placer de ocupar cargos de poder y
acceder por esa vía a cajas más que jugosas en términos económicos.
Cuando una protesta de productores consiste en tirar comida, no sólo viola
principios del capitalismo más elemental, sino que busca con el efecto
mediático que su reclamo genera, tapar la aberración que moralmente implica el
arrojar alimentos en un país donde la desnutrición está presente antes y
después de las retenciones.
Los grandes medios de comunicación hace tiempo que informan de acuerdo a
las necesidades de la empresa propietaria de las redacciones, olvidándose de
los intereses de los lectores y de la opinión pública.
Muchos colegios profesionales, cámaras empresarias, colegios y
universidades públicas y privadas, agrupaciones políticas de todo tipo, clubes
sociales, organismos no gubernamentales y una larga lista de etcéteras hacen
honor a esta modalidad que parece cuasi-hegemónica en la Argentina.
En un escenario así, difícil es generar patrones de confianza duraderos.
Si nadie sabe cuál es verdaderamente el fin perseguido por el otro, no es
de extrañar que prefiera reservar opiniones, ideas, dineros, inventos y
producciones para sus adentros o para girarlos al exterior.
La situación, para bien, se soluciona de manera muy, pero muy sencilla. Se
trata, simplemente, de que cada uno haga lo que dice que tiene que hacer.
Tan simple y difícil como eso.
Alcides Cepeda
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP