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Especial

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DEMOCRACIAS EN EL LABERINTO

 

Acorralados, empujados cada día un tranco más por la topadora con que los gobiernos imponen de manera inconsulta decisiones claves sobre sus futuros, los ciudadanos de las democracias occidentales no atinan a descubrir la salida del laberinto en donde los ha sumergido una cultura empeñada en extinguir al homo sapiens bajo el garrote de la única especie con derecho a la superviviencia, el homo economicus.

 

En esa lucha, los objetivos a aniqular son los valores que los gobiernos de la mayoría de los países desarrollados se encargaron de garantizar a partir del fin de la segunda guerra mundial: el respeto a las libertades individuales, el derecho al trabajo, la alimentación, la salud, la vivienda, la educación y la seguridad social.

 

En los Estados Unidos esos principios comenzaron a ser embestidos en los 80, con la llegada a la presidencia de Ronald Reagan, y su repliegue vertiginoso continúa hoy, provocando una contaminación severa en la democracia norteamericana.

 

Bajo este esquema, a cambio de un estado que vele por los servicios sociales todo queda en manos de la voluntad de los mercados. Para lavar su conciencia, la “iniciativa privada” apela a la “responsabilidad social empresaria”, una modalidad de ayuda comunitaria a la que el marketing y las políticas comunicacionales de las empresas fijan los objetivos. 

 

Pero ya no se trata solamente de si en el país que hizo de la estatua de la libertad un ícono el presidente miente para justificar una guerra que puede durar doce años, los bibliotecarios son obligados a informar sobre el material que consultan sus lectores o los periodistas corren riesgos ciertos de ir a la cárcel por notas que en algunos casos ni llegaron a publicarse.

 

Ahora los estragos de esa concepción del ser humano como mero consumidor, que fuera exportada con diversas variantes a la mayoría de los países del sur del río Bravo, amenaza con extenderse al otro lado del Atlántico. Es en territorio europeo, hasta ahora un bastión relativamente inmune a los nuevos cantos de sirena, en donde se librará esta nueva "madre de todas las batallas".

 

El comandante en jefe elegido para arrasar con cualquier vestigio de red social desde el Atlántico hasta los Urales ha demostrado ser un incondicional de la causa. Señores, con ustedes el laborista Tony Blair.

 

Sin rodeos, tras asumir como presidente de la Unión Europea, el premier británico se preocupó por definir de manera contundente al enemigo. Reconoció que la suya sería una misión "con riesgo, porque apunta al corazón del modelo social europeo".

 

A su lado, el titular de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, se comportó como un aplicado jefe de estado mayor. "Hay que adaptar el modelo social al modelo de la globalización, y para eso se necesita una economía dinámica", proclamó el portugués.

 

Blair se encargó de precisar el tiro. "El modelo social europeo está basado en la defensa del empleo...no tiene sentido competir en el mundo si no se moderniza", puntualizó.

 

Y aunque el británico se encargó de aclarar que "cada país tiene su propio sistema social y probablemente vaya a ser siempre así", los combates más encarnizados de esta guerra prometen librarse en el seno de cada nación.

 

Alemania ya se ha convertido en el escenario paradigmático de esta contienda.

 

La primavera instalada en 1998 con el triunfo de los socialdemócratas duró lo que un lirio. El nuevo canciller, Gerhard Schröeder, tardó apenas unos meses en despedir a su ministro de finanzas, Oskar La Fontaine, cuando quedó en evidencia los puntos de vista irreconciliables entre ambos.

 

Desde entonces, y según las propias palabras de Schröeder, que acaba de sufrir un histórico revés electoral que amenaza con licuar su poder, "hemos emprendido lo que nuestros antecesores (el gobierno derechista de Helmut Kohl) no tuvieron el coraje de encarar".

 

Las hazañas reivindicadas incluyen un menú bien conocido: creación de un sistema de jubilación privada, disminución de los servicios gratuitos de salud y la precarización laboral instalada con la promesa de disminuir el desempleo (en valores preocupantes desde la reunificación) y diseñada en su versión alemana por el propio jefe de personal de la Volkswagen.

 

Para conservarse en el poder, el socialdemócrata Schröeder no ha vacilado en situarse a la derecha de la derecha. Su campaña frente a los espantados alemanes ha elegido entre sus pivotes la promoción del cuentapropismo y la obligación de que los desocupados acepten un nuevo empleo aunque éste les obligue a mudarse de ciudad.

 

Los rostros de George W. Bush, Blair, Schröeder, son apenas algunos de las múltiples facetas que asume el Minotauro contenporáneo, ese monstruo instalado en el laberinto de las democracias avanzadas que se dedica a devorar a los ciudadanos encerrados en él.

 

¿Podrán éstos asumir el papel de Teseo y acabar para siempre con la fiera?

 

Héctor Mario Amor

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Agencia MP

 

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