Constitución Europea
Especial
1172 Palabras
LA
TOMA DE LA BASTILLA - EPISODIO II
Al rechazar el tratado
de Constitución Europea ¿se han convertido los franceses de la noche a la
mañana en una mezcla inquietante y primitiva de extremistas de izquierda y xenófobos
aislacionistas que conducirá a su propio país y al continente de regreso al
origen de los tiempos?
El no expresado en el
referéndum del domingo 29, más que sugerir una ruta en esa dirección
-ampliamente difundida por la casi totalidad de la prensa "formadora de
opinión" argentina e internacional y repetida hasta el hartazgo por
líderes políticos y empresarios- parece sugerir en cambio que los compatriotas
de Émile Zola se han negado a cambiar los valores consagrados en el artículo
primero de la Constitución de 1958, que instituye una república
"indivisible, laica, democrática y social", por la sacralización de
nuevas "libertades fundamentales" como las establecidas para la
circulación de capitales, servicios y mercancías en el artículo primero del tratado
rechazado.
Para disgusto
de quienes pretenden imponer las pautas neoliberales apelando a un dogmatismo
digno de las épocas en que la infalibilidad papal caía con todo su peso sobre
las espaldas del hombre común, los franceses parecen no estar dispuestos, en
las actuales condiciones, a abandonar las combativas estrofas de la Marsellesa
por los bucólicos compases del Himno a la Alegría de Beethoven, proclamado
himno oficial de la Unión Europea.
Y tal vez este
"no" que han expresado constituya para la humanidad la última
oportunidad para emprender un largo camino que, como el iniciado el 14 de julio
de 1789, recupere para los ciudadanos el control de sus propios destinos.
Es que el documento
que está siendo sometido a la ratificación de los veinticinco estados miembros
es visto por sus críticos como el producto de la inmensa maquinaria burocrática
con sede en Bruselas para elevar al máximo nivel institucional las regulaciones
imprescindibles para que una economía de "libre mercado" pueda funcionar
a pleno.
Hasta ahora, de los
nueve países que lo han ratificado sólo uno, España, lo ha hecho a través de un
referendum popular. El total de los estados que se atreverán a una consulta
popular es de diez. Los otros 15, para evitar sorpresas, optaron por la vía
indirecta de la ratificación parlamentaria
The International
Herald Tribune definió con precisión el proyecto que fue rechazado en Francia:
la Unión Europea como un organismo concentrado en reducir impuestos, el gasto
público y en promover la economía de libre mercado, "todo a costa de su
propio estado asistencialista".
De ponerse en vigencia
el tratado constitucional (necesita la aprobación unánime de los 25 estados
miembros) quedarían expuestos a su desaparición los restos de lo que Europa
occidental pudo exhibir por décadas con orgullo de ejemplo para el resto del
mundo: estados con sensibilidad social con poder para poner un freno al avance
de los intereses corporativos sobre los derechos de las personas.
El análisis de la
terminología utilizada en el tratado deja un claro indicio de cuáles fueron los
puntos sensibles sobre los que sus redactores decidieron enfatizar. Un estudio
realizado por Alain Lecourieux, integrante de la ONG Attac, revela el empleo
reiterado de palabras hasta ahora ajenas o extrañas a los modismos
constitucionales.
Así, por ejemplo, la
palabra "banco" aparece 176 veces, "mercado" 88,
"competencia" o "competitivo" 29, "capitales"
23... y la cuenta sigue.
Tan significativas
como las reiteraciones en el texto son las omisiones.
Entre las más
destacadas, la de los servicios públicos como objetivo a ser sostenido por la
Unión Europea a nivel constitucional. Ellos serán reemplazados de aquí en más
por unos difusos e imprecisos "servicios de interés económico
general" (SIEG). Y las empresas que los gestionen, ya sean estatales o
privadas, deberán, para adecuarse a los nuevos tiempos, regirse por las normas
de la competencia y no deberán afectar al desarrollo del comercio (Artículo 167
- III)
El paso dado por los
franceses no acabará como por arte de magia las tropelías de mercado que se
vienen imponiendo en Europa y en el resto del mundo.
Los obreros de Lyon y
de otras regiones deberán seguir optando entre trabajar más horas por la misma
paga o arriesgarse a que la empresa que los emplea emigre hacia otros
horizontes de salarios más bajos.
En Alemania, el
canciller Gerhard Schröder no necesitó de la aprobación del tratado
constitucional para realizar "las reformas estructurales" (¿suena
conocido?) sobre la seguridad social y el mercado laboral que elevaron al
desempleo a la cifra récord del 13%.
La respuesta de las
urnas no se hizo esperar. El oficialismo sufrió una derrota electoral
estrepitosa en el distrito de Renania del Norte - Westfalia en donde gobernaba
desde hacía casi 40 años obligándolo a adelantar los comicios generales.
Y los alemanes
pecarían de ingenuos si volcaran sus votos a la oposición, una coalición
derechista uno de cuyos líderes, Wolfang Gerhardt, ofreció hace pocos días el
estrado partidario para que Henry Kissinger, promotor de las últimas dictaduras
militares que asolaron Chile y la Argentina, proclamara en su lengua materna la
necesidad de discutir una nueva alianza estratégica entre los Estados Unidos y
Europa.
En Europa son muchas
las voces que se alzan en elogios al "éxito" del modelo
norteamericano del que exhiben como prueba los porcentajes de crecimiento de su
economía obtenido en los últimos años, que duplica al europeo.
Pero esas mismas voces
ocultan cuidadosamente que ese crecimiento se obtiene a costa de un déficit
público inaceptable para los cánones de la Unión Europea y al impulso decisivo
del complejo militar industrial, que ha encontrado en el actual gobierno
republicano una fuente de aliento y promoción inigualables.
En otras palabras, la
desastrosa política fiscal de los Estados Unidos no le permitiría calificar
para postularse como hipotético miembro de la Unión Europea. Y de seguir el
modelo del gigante americano, Europa no tardaría en descubrir que para igualar
su crecimiento necesitaría caer en operaciones militares como la de Irak.
Podrían así resurgir en su seno los espantos de los que el viejo continente
intenta redimirse desde 1945.
Por eso los modelos
estadounidense y europeo suponen dos enfoques diametralmente opuestos de concebir
lo que podría definirse como la "herencia del pensamiento
occidental".
Un genuino modelo
europeo no será fácil de lograr ni estará desprovisto de peligros.
Evitar que el rechazo
al tratado constitucional se convierta en bandera de xenófobos y neonazis y la
incorporación de Turquía a la Unión son, entre otros, los grandes desafíos
políticos por resolver para contribuir a crear un mundo más justo. Ni más ni
menos que evitar la guillotina que tanto encegueció a Robespierre.
Y plasmar un modelo de
crecimiento económico que asegure una redistribución más igualitaria y no se
sustente sobre el padecer de millones será la tarea que mayor dosis de
imaginación exija.
Por eso, el paso dado
el domingo 29 a través de la participación popular debe ser considerado como la
condición necesaria, aunque no suficiente, para que esta aspiración deje en el
futuro de ser una utopía y que un nuevo "jour de gloire" sea posible.
Héctor Mario Amor
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