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Ajedrez – Kasparov – Retiro

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ADIOS AL REY QUE PUSO EN JAQUE A LAS PIEZAS

 

La monarquía dejó lugar al vacío. Hasta hace unos días, el único rey de los tableros tenía nombre, apellido y una trayectoria asombrosa. Con su retiro, Garry Kasparov pegó tal zarpazo al tablero que difícil será reacomodar las piezas.

 

Para sucesores sobran los postulantes, pero llenar la corona de ajedrecista más deslumbrante de todos los tiempos no está al alcance de cualquiera. Ni siquiera, de alguno de los más grandes jugadores vivos.

 

Tan brillante como soberbio, Garry nació el 13 de abril de 1963 en Bakú, Azerbaiján, por entonces una de las Repúblicas de la Unión Socialista Soviética.

 

Como miembro integrante del selecto grupo de niños prodigio, de pequeño, antes de saber de enroques y peones al paso, el futuro león de los tableros ayudó a sus familiares a resolver un intrincado problema ajedrecístico. De la mano, corriendo, recayó en la escuela del ex campeón mundial Mijail Botvinnik, usina de grandes cráneos para el juego de la cuadrícula.

 

Su crecimiento fue vertiginoso. A los 12 años, campeón de Azerbaiján; a los 13, de la URSS; a los 16, campeón mundial juvenil. En 1980, a los 17, logró el título de Gran Maestro (categoría máxima en el mundo de los trebejos) y dos años más tarde se convertía en la sombra de Anatoly Karpov, por entonces campeón mundial.

 

Ultra agresivo, vistoso, veloz, su estilo fundó escuela y desplazó al ruso tras sucesivos, inagotables y agotadores matches, con denuncias de corrupción que lo colocaron en las antípodas de la oficial Federación Internacional de Ajedrez (FIDE), creando su propia Asociación Profesional del juego (PCA).

 

Con 22 años, el “genio de Bakú” se consagró como el decimotercer campeón del mundo en la historia del ajedrez. Era, además, el más joven de la lista.

 

“Como ajedrecista, hice todo lo que podía, y aun más. Ahora quiero usar mi intelecto y pensamiento estratégico en la política rusa”, dijo al anunciar su retiro.

 

En un contexto donde las luminarias no abundan, donde hace décadas sobrevive el genio de Bobby Fischer ante la ausencia de mentes superiores, Kasparov dejó el ajedrez con una última victoria.

 

Linares, la ciudad española donde año a año se renueva la tradición de jugar el torneo más fuerte que existe, fue la elegida para que el ex campeón mostrara su osadía (en el 2000 perdió la corona ante su compatriota Vladimir Kramnik).

 

Hace 15 años que el azerbaijano participaba religiosamente del campeonato, considerado el Wimbledon del ajedrez. Lo ganó en más de una ocasión y estableció un record temerario: de las 168 partidas que jugó en esas mesas, sólo perdió siete.

 

Multimillonario, con una madre absorbente, con un carácter que se fue endureciendo tras cada enfrentamiento, el ajedrez ha perdido a su monarca indiscutido.

 

Ahora, mientras sus vasallos compiten por la sucesión, él planea hacer frente al presidente ruso, Vladimir Putin, y terminar de lanzarse de lleno a la política con su Comité 2008: Libertad de Elección. Si logra aportarle a la cosa pública un mínimo porcentaje de lo que dejó en el tablero, sin duda Kasparov devolverá al antiguo país fuerte del imperio buena parte de su gloria.

 

Ariel Neuman

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