Discapacidad - Accesibilidad

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CUANDO LA SOCIEDAD ES LA PRINCIPAL BARRERA

·        La ciudad expulsa. A cada paso, los discapacitados chocan con marginación.

·        La pobreza: caldo de cultivo.

 

No se puede discutir. Ni con el cordón de la vereda, ni con los semáforos, ni con los escalones del edificio, ni con el tamaño de las puertas, ni con la ubicación del inodoro. Y tampoco se puede peticionar, porque en el Palacio de Tribunales los accesos no tienen rampa, con excepción del de la calle Lavalle, puerta para detenidos.

 

Si la situación de los discapacitados porteños es preocupante, en el interior es catastrófica. Hace algún tiempo, términos como accesibilidad poblaron las páginas de los diarios, aunque nunca fueron páginas enteras y hoy, ya nadie se acuerda.

 

Si bien no hay datos precisos sobre cuántos son los discapacitados que viven (o sobreviven) en el país, se estima que su número es cercano al 8% de la población total y está en crecimiento debido a una tendencia demográfica que muestra un aumento de la pobreza, de la ancianidad y de la vida urbana.

 

“Existe una población de más de 3.000.000 de personas (con discapacidades) que está en la marginación, en la exclusión, que tenemos dificultades para acceder al trabajo, a la educación, a la previsión social y que estamos exigiendo un lugar en la sociedad”, proclamó Carlos Ferreres, director del Departamento de Discapacidad de la Confederación de Trabajadores Argentinos (CTA), durante la presentación del libro La discapacidad, una cuestión de derechos humanos, de editorial La Otra Mirada.

 

Tres son los sectores críticos: los niños que nacen con discapacidad o que las adquieren en sus primeros años como consecuencia de la desnutrición, la pobreza y la exclusión social (estos chicos tienen diez veces más posibilidades de sufrir algún tipo de discapacidad que los de países desarrollados); los ancianos, quienes son proclives a las enfermedades invalidantes y las personas que han sufrido accidentes, especialmente automovilísticos o de trabajo, y no han contado con una rehabilitación adecuada.

 

Promediando el 2003, los departamentos específicos de la CTA, la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) y el Foro Pro y Comisión de Discapacidad del Arzobispado de Buenos Aires presentaron su “Informe preliminar sobre la situación de las personas con discapacidad en la Argentina”. ¿El resultado? “Alarma por la situación crítica en que se encuentran” y por “la indiferencia que hubo por parte de muchos organismos del Estado e incluso por la propia sociedad civil, frente al incumplimiento de la legislación vigente, la ineficacia o inaplicabilidad de muchas políticas públicas y  la comisión de actos discriminatorios”.

 

El estudio completo, un voluminoso y detallado trabajo, denuncia el retroceso estatal en su rol de regulador de servicios públicos, situación que, fogoneada por la falta de previsión en el sector transporte deja a los discapacitados “abandonadas y a la suerte de los vaivenes de grupos de poder” para gozar de derechos como salud, educación, comunicación, cultura, recreación, deporte, vivienda, familia, trabajo.

 

“La pobreza no solamente acentúa las consecuencias negativas de la discapacidad, sino que es en sí misma un factor que favorece el surgimiento de discapacidades, sea por la incidencia de condiciones de vida desfavorables, cuanto por la falta de accesibilidad a los servicios de salud, educación y rehabilitación”, aporta el informe.

 

Pero las culpas no son sólo de la Administración. En la sociedad “persisten barreras culturales que tienden a la exclusión de lo diverso, de lo que no es considerado útil y de lo que se aleja de las pautas culturales dominantes de plenitud, inteligencia, salud y belleza”.

 

Cada vez más, la discapacidad deja de ser una cuestión puramente médica, para estar atravesada por causas sociales, económicas y culturales.

 

NO HAY VACANTES

Se dice, por ejemplo, que el trabajo, además de ser fuente de ingresos, tiene por función socializar al ser humano. Para algunos incluso dignifica, aun en las condiciones que imperan hoy en la Argentina.

 

En el caso de los discapacitados, el porcentaje fuera del mercado laboral ronda el 90%, una desproporción notable frente al nefasto índice de desempleo que publica mensualmente el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos.

 

El número deja al descubierto, entre otros, el incumplimiento de la normativa que fija un cupo del 4% de discapacitados para los trabajadores del Estado Nacional en sus tres poderes, y que se hace extensivo a las reparticiones públicas provinciales.

 

La situación en las instituciones educativas tampoco es alentadora. La mayoría de los establecimientos no están preparados para discapacitados: no hay baños adaptados, ni recursos técnicos, ni pedagógicos.

 

Los docentes comunes no están capacitados. Los de educación especial no cuentan con auxilios indispensables para el desarrollo de su tarea, ni existen programas que articulen ambos subsistemas con miras a la integración.

 

Calles, edificios, estaciones y unidades de transporte, escuelas, hospitales, lugares de esparcimiento y de prestación de servicios, impiden su utilización en igualdad de condiciones.

 

Así es como se nutre un subsistema de exclusión, con la indiferencia de una sociedad que amaga con escuchar, pero permanece inmóvil al momento de incluir al discapacitado.

 

Ariel Neuman

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