Salud - Pobreza

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CUANDO LA POBREZA SE CONVIERTE EN ENFERMEDAD

·        Mala alimentación, deficiencias en la higiene y condiciones habitacionales de hacinamiento forman una combinación ideal para el resurgir de viejas pestes.

 

Los números, como siempre, son alarmantes. Pero esta vez, lo que asusta es que no haya números. Desde el 2002 los organismos internacionales especializados (Organización Mundial y Panamericana de la Salud) no publican estudios sobre enfermedades de la pobreza y la Nación, a pesar del crecimiento permanente de los niveles de pauperización social, no lo hace desde el 2001.

 

Algo más actualizados, los libros que siguen las cátedras universitarias definen a la medicina social como aquella especialidad que se ocupa de la salud de la comunidad como un todo y que realizó sus mayores progresos entre 1870 y 1940, eliminando las epidemias motivadas en contaminaciones del agua, cólera o fiebres tifoideas. Claro que estos manuales son estadounidenses o europeos, porque la realidad latinoamericana y dentro de ella, la argentina, es bien distinta.

 

Por estas latitudes las dos gotas de lavandina por cada litro de agua se convirtieron en norma a mediados de los 90, años en los que, de acuerdo con las cifras que baraja el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec), se registraron más de 4.000 casos de cólera.

 

La epidemia había arrancado en 1992, con su pico al año siguiente, cuando se contabilizaron 1320 enfermos en Salta y 681 en Jujuy. Entre ambas provincias aglutinaron al 96,2% del total del país y, no casualidad, junto con Santiago del Estero (donde se constató el último caso en el 99), siguen batiendo récords de pobreza.

 

DESNUTRICIÓN

 

Promotora del carnaval y albergue de grandes productores agropecuarios, Entre Ríos volvió a sacudir corazones al registrar a principios de la semana de la última Navidad la internación en Paraná de dos chicas de 12 y 14 años con desnutrición crónica.

 

Pocos días después, en Concordia, otra pequeña de un año y nueve meses murió como consecuencia de un cuadro similar, combinado con gastroenteritis. Tenía parasitosis, deshidratación aguda y signos de maltrato. Pesaba 3,100 kg.

 

Unas semanas antes, Juan Mansur, ministro de Salud de Tucumán, estimó en 27.000 los casos de desnutrición en su provincia. Un año había pasado desde que los medios reflejaron extremidades borrosas de pequeños seres humanos, ojos escapando de caras aboyadas y el llanto de los que aun tenían fuerzas para llegar a la escuela y desmayarse.

 

La causa de todo esto, denuncian los especialistas, médicos y sociólogos, es la pobreza. “En la Argentina, nunca ha habido tanta como ahora”, define el epidemiólogo y sanitarista José Carlos Escudero.

 

El problema se agudiza cuanto menor es la edad de los afectados. Los efectos de la nutrición deficiente resultan más graves y permanentes cuanto más joven es quien los padece, y se traduce a futuro en baja estatura, desproporciones físicas, menores defensas, retraso madurativo, posibilidad de obesidad, diabetes, hipertensión, enfermedades del corazón y ... mayor pobreza.

 

En este contexto, viejas - nuevas enfermedades como la desnutrición, los trastornos gastrointestinales, la parasitosis y las infecciones en las vías respiratorias y en la piel (lepra y sarna) ganan terreno entre los sectores más pobres que, entre la población infantil, supera el 70% según el último Congreso Argentino de Pediatría.

 

“Las secuelas que deja la violencia, el maltrato infantil y los trastornos en el aprendizaje y la conducta son las nuevas patologías que emergen de lo social, principalmente, de padres desocupados o con ingresos tan bajos como los que proporciona un plan para jefes y jefas de hogar”, alertó el presidente del conclave, Pablo de la Colina. Y “estas no sólo son problemáticas de la salud, sino que involucran a distintos sectores de la sociedad”, aclaró.

 

La coincidencia con Escudero, ex director de Estadística de Salud de la Argentina e investigador de la Organización Mundial de la Salud, es plena. “Si uno es pobre, se deteriora el poder de comprar alimentos, se desnutre o, en el mejor de los casos, se nutre mal”. De esta forma, “se deteriora el sistema inmunitario” y es entonces cuando “aparece cualquier enfermedad oportunista”, remató.

 

ARGENTINA BAJO EL ESTETOSCOPIO

 

Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), el 21,4% de los argentinos no tiene acceso a servicios de agua potable; el 15% de los menores de un año no está inmunizado contra la poliomelitis y el 20% contra la difteria, pertussis y tétanos.

 

El organismo afirma que cinco provincias se encuentran en situación de riesgo de transmisión del mal de Chagas y destaca que en forma ocasional se presentan en el noroeste algunos episodios epidémicos de malaria.

 

Entre las enfermedades prevenibles por vacunas, la Organización dice que el último caso de poliomielitis por poliovirus salvaje registrado en la Argentina fue en el año 1984 y que desde 1996 no se registran pacientes de sarampión. Sin embargo, hubo un brote con 121 casos confirmados en 1997, 10.229 en 1998, y 351 en 1999.

 

Los casos de difteria disminuyeron drásticamente desde 1991 y desde 1999 no se registran notificaciones.

 

Desde el surgimiento del cólera en 1992, se notificaron hasta 1999 4.834 casos. El comportamiento fue estacional y epidémico, coincidiendo los incrementos con los meses estivales. La mayoría tuvo lugar en el noroeste.

 

Por último, en 1999 se notificaron un total de 11.871 nuevos casos de tuberculosis, siendo Buenos Aires la provincia donde se concentró el mayor número.

 

La zona endémica para lepra involucra 12 provincias y el total de casos notificados en  2000 fue de 364.

 

La rabia animal continúa siendo un problema endémico en la zona norte, afectando en especial al ganado bovino, aunque en 2001 se presentó un caso de rabia humana transmitida por murciélago.

 

El número de notificaciones de SIDA desde el comienzo de la epidemia hasta el año 2000 era 18.824, sin embargo debido al retraso usual de esta notificación se estimaba que el número de casos ascendería a 21.000.

 

Por último, la OPS destaca que en 1999 y 2000, un total de 81 y 69 casos de hantavirus, respectivamente, fueran notificados. La mayor parte tuvo lugar en las áreas central, andina patagónica y noroeste.

 

Ariel Neuman

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