América Latina 06-06-2005 - 592 Palabras

(Constitución Europea)

 

NO Y NO

 

Los pueblos de Francia y Holanda, dos de los países fundadores de la Unión Europea, le dieron una bofetada a la Constitución continental por medio de sendos referendos. Aunque como suele suceder generalmente, fueron plebiscitos teñidos de otro tipo de planteos, más allá de la respuesta por sí o por no.

 

Volvieron a aflorar, como en tantas otras ocasiones, el descontento con el gobierno de turno, el malestar por el aumento del desempleo y de los precios. También influyeron la caída del poder adquisitivo desde el ingreso del euro, y la angustia por la posible pérdida de fuentes laborales, sea por el alejamiento de industrias y empresas a sitios más convenientes o por la mayor facilidad para conseguir mano de obra más barata. El mal del plomero polaco, lo llaman despectivamente los franceses.

 

¿Es Europa una nación? No. Porque más allá de la voluntad común hay cuestiones lingüísticas, tradiciones y orígenes no comunes que dividen el damero. Los vínculos estratégicos y económicos coexisten con heterogeneidad cultural, histórica, política. Los europeos comparten un territorio y un gobierno por deseo propio, aunque uno tiene que preguntarse incluso si psicológicamente están preparados para ello.

 

Por más que exista esta carta magna, y aunque la historia nos hable de imperios sobre el continente, la unión europea hoy pasa por otras cuestiones. O por las mismas de aquellos tiempos, aunque con aceptación de sus habitantes, con otras clases de imposiciones.

 

Esa aprobación debe darse a través de la ratificación de la Constitución. Diez países ya lo hicieron, sólo España y Dinamarca por la vía del referendo popular. ¿Peligra el proceso de unidad? En principio no. Sin dudas es un freno. Especialmente porque los 25 países miembros deben aceptarla de manera unánime.

 

Francia tiró abajo la primera pieza del dominó. Pasaron sólo un par de días y cayó la segunda, en los Países Bajos. Los cimientos se sacudieron. Letonia puso paños fríos, ratificando la Constitución mediante su Parlamento, aunque de ninguna manera movió del centro de la escena los referendos negativos.

 

En Alemania surgieron dudas, y ven como la unificación europea puede ser un punto lejano, y como podrían perder poder.

 

Uno de los nuevos, Polonia, muestra entre sus cartas las de la mayor tasa de desempleo del bloque. También hay ambivalencia y en la balanza ponen la economía por un lado, la soberanía nacional por el otro.

 

El No fue una sacudida al andar europeo. Fue una reacción de disgusto que se vio reflejada inclusive en la caída del euro. Fue un cimbronazo para el gobierno derechista de Jacques Chirac en Francia y para la centroderecha del primer ministro Jan Peter Balkenende en los Países Bajos. Reflejo del desgaste de los gobiernos y de la falta de respuestas claras ante la inmigración.

 

La Constitución europea por ratificar es por el momento un tratado más de la Unión. Uno de esos tantos que fue negociado lejos de la gente, entre burócratas, traductores y oportunistas en Roma.

 

Según se la analice, es un apéndice comercial más que una suma de derechos; un cúmulo de obligaciones en pro de la cooperación, el multilateralismo y la apertura al libre mercado empresarial, que en gran medida deja de lado el histórico asistencialismo de los estados de Europa occidental.

 

Algunos podrán considerarlo una suerte de freno a medio siglo de progreso en la construcción institucional paneuropea. La realidad es que se dio un rechazo considerado improbable. Al extremo de que no existe "Plan B", según admitió el portugués Durao Barroso, presidente de la Comisión Europea.

 

Guillermo Rolando

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Agencia MP

 

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