Política 18-01-2008 - 570 Palabras

(Clases sociales – Políticos)

 

RICOS DE ENTRADA

 

Las cifras sobre el incremento del patrimonio del matrimonio presidencial invitan a la reflexión luego, claro, de la indignación que provocan.

 

No es que se parta de la presunción de falta de transparencia en la forma en que aumentaron sus fondos en unos $ 11 millones, desde mayo de 2003, según publicó esta semana La Nación, sino que lastiman números inimaginables en las cabezas, cuentas y billeteras de gran parte de los argentinos que trabajan en el sector público o privado, formal o informal.

 

Pero masticado el impacto, lo que hay detrás del número, más allá de polémicas, suspicacias y acusaciones cruzadas, es una premisa que pocas veces se explora y que indica que para hacer política hay que tener plata.

 

El ejemplo de Elisa Carrió, en este sentido, es sumamente ejemplificador. Ella alquila su departamento propio y, a su vez, vive en otro departamento alquilado a la familia de Diego Torres, el de pintarse la cara, color esperanza.

 

Para mantenerse recibe un sueldo de su escuela de formación (muy reputada, por cierto) y donaciones de congresistas, fieles seguidores y mantenedores.

 

Modesto, diría cualquiera, pero en total hablamos de unos $ 10.000 por mes.

 

Ejemplos hay a raudales y se plasman en las formas de vida de quienes cada cuatro años, desde hace muchos, muchos años, se postulan a la Presidencia de la Nación, a la Gobernación y, en algunas localidades, a la Intendencia.

 

El fenómeno no es tan común entre legisladores metidos en listas sábanas o en partidos chicos, empujados básicamente a pulmón, financiados por el trabajo de sus candidatos y partidarios. Son aquellos de los que, por lo general, se dice o se cree que ‘nunca llegan a nada’.

 

¿Cuánto sale una pauta en televisión? ¿Una campaña gráfica en la vía pública? ¿Cómo hacen para aparecer en los medios, estar informados, seguir las acciones del resto de los políticos y trabajar en lo que sea que trabajen?

 

Corolario de lo anterior, los representantes actuales o potenciales del pueblo, en poco y nada se parecen al pueblo. Desde afuera podrán entender el hambre, la desocupación, las cacerolas, la violencia, la desesperación, pero por lo general son simples espectadores, bien vestidos y mejor comidos, durmiendo en camas confortables y con vacaciones garantizadas.

 

¿Cuestión de clases? Es probable. De hecho, en la antigua Grecia, cuando imperaban esas democracias directas idealizadas por los manuales de instrucción cívica, en realidad quienes participaban de la cosa pública eran, ni más ni menos, que aquellos sabios que contaban con mujeres y esclavos en abundancia como para no tener que ocuparse de la subsistencia.

 

Casi 26 siglos después, la conducción política parece realizarse de la misma forma o, mejor dicho, por los mismos sectores del escalafón social.

 

Esto, claro, no quita verdad a aquello de que el poder corrompe, de que el poder absoluto corrompe absolutamente y de que, casi por regla general, es cada vez más difícil encontrar en toda América Latina a un funcionario que pueda decir -y sostener luego- que no se ha enriquecido durante su paso por la función pública.

 

Sin embargo, el sesgo viene desde la misma puerta de entrada, donde una suerte de patovica revisa los bolsillos para ver quien, a priori, está en condiciones de participar del maravilloso juego de la política y del manejo de la cosa pública o, en otras palabras, de los intereses comunes a todos nosotros.

 

Ariel Neuman

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