Política 15-02-2008 - 576 Palabras

(Visita – Guinea Ecuatorial)

 

DERECHOS HUMANOS Y ENERGÍA

 

Guinea Ecuatorial es el tercer productor de hidrocarburos en el África subsahariana. Es también una de las naciones más pobres del continente pobre y su presidente, reciente visitante en la Argentina, es un reconocido y famoso violador sistemático de los derechos humanos (sobre todo de sus opositores).

 

Hubo polémica antes, durante y después de su paso por nuestro país. Un gobierno que se dice protector de los derechos fundamentales no puede permitirse compartir espacios y recibir con honores al mandatario de otro que hace exactamente lo contrario.

 

Teodoro Obiang Nguema Mbasogo, tal su nombre, fue cuestionado durante el acto de bienvenida por la mismísima presidenta Cristina Fernández, quien luego se la agarró con su propio canciller por haber organizado el encuentro, y se la dejó pasar a Julio de Vido, quien impulsaba el cónclave en busca de acuerdos de cooperación energética que le traerían alivio con miras a la anunciada nueva crisis del invierno 2008.

 

Evidentemente, para algunos la conducta del alterego al momento de sentarse a negociar no es obstáculo en lo absoluto. Da lo mismo la Madre Teresa que Hitler si hay intereses económicos o estratégicos de por medio.

 

Los medios, en tanto, pusieron en el ojo de la tormenta la contradicción señalada en el comienzo de estos párrafos y fustigaron luego el más que probable naufragio de los convenios alcanzados. El doble discurso no es potestad exclusiva de unos, sino que acompaña, fundamentalmente, a todos los detentadores de poder.

 

La ambivalencia no debe tener espacios cuando lo que está en juego es un valor tan alto para el ser humano como la dignidad, la integridad, la libertad y la vida de las personas. No se puede negociar en estos casos y hacerlo implica una cuasi complicidad con el perpetrador.

 

Es cierto que hay diferencias en el grado y en los modos en que los Estados violan derechos humanos, sin embargo, poniéndolos uno al lado del otro difícil sería definir el límite que convierte a un Gobierno en lo suficientemente intolerable como para no ser recibido por otro.

 

Culturalmente, China, por ejemplo, todavía no tiene incorporado el concepto mismo de derechos humanos. Lo propio ocurre en muchísimos países del mundo árabe; en Cuba; en Corea del Norte y en otros tantos países totalitarios o autoritarios.

 

Pero el occidente y los países civilizados tampoco escapan a estas máximas. En Francia, España, Alemania, se discrimina sistemáticamente al inmigrante. En Estados Unidos se utiliza la pena de muerte. En Canadá los adolescentes se suicidan masivamente. En la Argentina hay gente que muere por desnutrición y sobrevive subnutrida. Y eso sólo por dar un caso de cada bandera. Hay cientos más.

 

A nadie, sin embargo, lo perturban tanto unas como otras violaciones a los derechos inalienables. Es lógico, claro, pues unas son culturalmente más directamente atroces y visibles que las otras.

 

Sin embargo, si se cuantificara el daño producido por una potencia mundial, como pudo haber sido en su momento Rusia o Alemania, difícilmente debería haber en pie un solo dignatario que se atreviera a interactuar con los de esos países.

 

Claramente, el episodio reciente en la Argentina fue un error estratégico, no sólo desde la política internacional, sino también por la imagen que pretende proyectar la Presidenta y por el mensaje que deja traslucir.

 

El desacierto, no obstante, tenía cara de dinero. Una cara que, en nuestros tiempos, parece abrir puertas y habilitar cualquier vía para la interacción.

 

Ariel Neuman

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Agencia MP