Política 14-03-2008 - 550 Palabras

(Ñoquis)

 

DEL 29

 

Suponga que en un plato hondo entren unos 50 ó 60 ñoquis. No se indigeste, pero ¿se imagina cómo le pueden caer 38.000 ñoquis juntos?

 

Ese es el número de contratos que se están analizando en las distintas administraciones públicas del país para definir la continuidad o no de quienes, se presume, podrían ser empleados de los que cobran por no aparecer o por aparecer sin trabajar.

 

El huracán, la limpieza, el borrado de nombres sospechados parece una moda que se esparce desde la Capital Federal hacia todo el país, como si una repentina fiebre de moralina hubiera inundado los estamentos políticos dispuestos a trabajar en serio.

 

Curiosamente, los casos más sonados coinciden con un recambio partidario o de gestiones de distintos signos que denuncian las conductas de los predecesores. “Descubrimos que había irregularidades en x cantidad de contratos”, dicen. ¡Gran sorpresa!

 

No es que no haya ñoquis dentro de las filas del Estado, simplemente llama a la atención esta suerte de cacería mediatizada que pone a todo el sector público en la misma bolsa y que se presenta como patriada de la ‘nueva política’.

 

Por caso, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se estiman unos 150.000 empleados. De ellos, muchos son de planta permanente y muchos contratados. Los primeros saben lo que significan días de vacaciones acumulados. Meses y meses enteros sin presentarse en sus puestos de trabajo. Los segundos conocen de cerca el empleo en negro tengan o no palanca política.

 

En el interior del interior, en tanto, hay pueblos y ciudades casi completas cuya principal actividad laboral es prestar servicios dentro del Estado local.

 

Sin lugar a dudas, la administración pública está más que sobredimensionada en buena parte del país, pero no es con despidos masivos como se soluciona este histórico problema que acumula capas y capas con el correr de los gobiernos.

 

En primer lugar porque con esas políticas invariablemente justos terminan por pagar la conducta de los pecadores.

 

En segundo, porque como se dijo, licua las responsabilidades y coloca a todos los trabajadores del Estado bajo el rótulo de haraganes o ineficientes, cosa que de ninguna manera es así.

 

En tercero, porque no todos los que quedan son, verdaderamente, trabajadores hechos y derechos y, por lo general, el ñoqui expulsado por una puerta vuelve a ingresar por la otra.

 

En un cuarto lugar, cabe recordar que el Estado argentino no puede manejarse con los mismos criterios de eficiencia costo-rédito con que se maneja una empresa. Hay una finalidad social, incluso, en la contratación de empleados que hace el sector público.

 

Controlar esta finalidad sí es un deber del funcionario de turno. Si hoy se están rescindiendo 10.000 contratos sospechados o considerados 100% políticos para cubrir esos puestos con otras 10.000 personas que dentro de cuatro años estarán en esa misma situación, el problema está lejos de resolverse.

 

Si se eliminan esas partidas presupuestarias para repartirlas entre otros empleados más leales al gobierno de turno, el clientelismo no hace más que perpetuarse.

 

Si el esquema de razonamiento y acción es el anterior, habrá que estar atentos. Dentro de un par de años quienes hoy están en el poder serán los que pataleen cuando se decidan las purgas que caracterizan en esta nueva oleada a nación, provincias y municipios.

 

Ariel Neuman

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Agencia MP