Política 28-03-2008 - 591 Palabras

(D’Elía)

 

FUERZAS DE CHOQUE

 

La protesta rural con cortes de rutas dio cuenta de una situación por la que atraviesa la Argentina desde hace más de una década y refleja que es difícil -sino imposible- protestar y ser oído por los canales institucionales sin recurrir antes a este tipo de medidas extremas.

 

No es, sin ningún lugar a dudas, una conducta achacable a quien protesta -llámese piquetero, asambleísta o gente de campo-, sino que es la respuesta natural a un sistema en el cual las instituciones pocas veces cumplen con el objeto para el que fueron creadas.

 

Que el corte de las arterias sea el modo en que se ejercen derechos habla de una estructura política y burocrática sumamente ineficiente. Pero eso no es todo: otro hecho producido esta semana ahondó esa situación y marcó un punto de inflexión en dirección a la anomia.

 

Comandando sendos ‘ejércitos’, Hugo Moyano y Luis D’Elía hicieron demostraciones públicas de fuerza (no de protesta) sin sufrir consecuencia legal alguna.

 

Los camioneros fogonearon en las rutas un discurso que incluía conceptos como “guerra civil”. El piquetero-funcionario, en tanto, reconoció su “odio” hacia quienes viven en las zonas pudientes de la Capital Federal. Es el mismo que niega el Holocausto, el que tomó una comisaría sin ser cuestionado por la autoridad, el que avanzó en la noche del martes por la Avenida de Mayo y golpeó a un hombre por la espalda frente a las cámaras de televisión.

 

¿Por qué no intervino la policía? ¿Por qué gendarmería se mantuvo al margen en los cortes, hasta que inició sus acciones de negociación para el levantamiento de los bloqueos?

 

La Presidenta le pidió al campo que suspenda los paros para sentarse a negociar. Antes, Guillermo Moreno, secretario de Comercio, había dicho que si fuera por él, los sacaría de las rutas “a patadas en el culo”. El ministro de Justicia, Aníbal Fernández, agregó que había que meterlos presos.

 

La reacción de los caceroleros (de clase media hacia arriba en la Capital) ante el avance de los hombres de D’Elía fue de manual: corrieron y se retiraron. Pero volvieron al día siguiente con un apoyo tan inesperado como significativo: el de la Corriente Clasista y Combativa y el de un nutrido grupo de militantes trostkystas, que custodiaron a los manifestantes frente a la amenaza de los “grupos kirchneristas”.

 

“La Plaza es nuestra”, gritaba un D’Elía desaforado, amenazando de muerte a todo el que osara desafiar su reinado.

 

El jefe de Gabinete, Alberto Fernández, defendió el derecho de manifestarse de cada quien, luego de los primeros enfrentamientos provocados por el (ex) funcionario, iniciados a poco de que saliera de una reunión en la Casa Rosada.

 

En los hechos, se trató de una demostración de fuerza de un grupo paramilitar que contó con el aval del poder político.

 

Paramilitar, porque se desplegó como un brazo armado contra un foco opositor al gobierno sin formar parte de las fuerzas regulares de seguridad. Aval, porque esas mismas fuerzas legales (policía) no hicieron absolutamente nada por frenar el avance de ese grupo.

 

De los discursos de la Presidenta mucho se ha hablado. Las críticas, más y menos acertadas, quedarán en la historia para cuando el conflicto mengüe.

 

La demostración de fuerza al margen de la ley es el verdadero núcleo del problema. Es el que lleva al corte de rutas porque se descree de la efectividad de las instituciones, es el que lleva al avance de la violencia privada organizada y es, esencialmente, el que lleva al camino de la perdición.

 

Ariel Neuman

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Agencia MP