Política 08-04-2008 - 550
Palabras
(Humareda)
COLUMNA LIBRE DE HUMO
En pocos días, sin quererlo, una mezcla de impericia privada, naturaleza, inacción estatal y estado climatológico echaron por tierra un sinfín de creencias populares que ahora, a la luz de la humareda –o sea, en el medio de la escasa visibilidad–, se presentan como simples mitos.
Primero: las cortinas de humo existen y son macabras. Reducen la visión, irritan las gargantas, congestionan las vías respiratorias, se meten en nuestras casas y en nuestros pulmones, nos sacan cada reducto de aire y nos dan la sensación continua de incendio a la vuelta de la esquina.
A partir de ahora, a los políticos se les hará más difícil negar su existencia, simular que nada pasa o elucubrar explicaciones estúpidas para justificar cosas injustificables.
Segundo: Botnia contamina. ¿Contamina la papelera? ¿Altera el medio ambiente?
¡Tomá! ¡Bancate ésta! ¡Respirá aire puro si sos macho!
Tanta conciencia ecológica desplegada durante el año pasado cuando el “enemigo”
estaba afuera, tanta preocupación por la madre tierra emociona y da ganas de
llorar. ¡Qué suerte que la Argentina no hace aquello de lo que se queja cuando
son otros los que lo hacen!
A partir de ahora, nadie podrá decir que las papeleras instaladas en
nuestro suelo patrio son impolutas, ni que si nos tenemos que morir todos no
nos llevaremos puestos a nuestros vecinos. ¡Otra que unidad bolivariana! ¡Tiembla
el esmog de Santiago de Chile!
Tercero: dura menos que gas en una bolsa. ¡Ja! A cielo abierto lo estamos
respirando, y desde hace días. Ni un efluvio en lugar cerrado alcanza estos
niveles de penetración.
Cuarto: los tres monitos sabios. Son esos que suelen aparecer en los viejos
dibujos animados tapándose los ojos, la boca y las orejas. En este caso, bien
podría pensarse que no quieren contaminarse ni ahumarse vivos, pero no. Lo que
hacen los monitos es no ver, ni escuchar, ni decir quién inició el incendio y
quién debería apagarlo.
¡Prendan el ventilador, muchachos! Hablen y digan, o aunque sea, soplen
fuerte porque, cof, cof, cof, ya no se puede respirar.
¿Será como dice la Picolotti, que esto es obra de la gente del campo, tan
salame ella que no se da cuenta que una maniobra filo terrorista como esta no
la favorece al momento de sentarse a negociar con el gobierno? ¡Qué paz le deja
a uno saber que una funcionaria, al lado de un Ministro de la Nación, puede
lanzar acusaciones generales por el accionar de unas cuantas personas! María
Julia no lo podría haber dicho mejor.
Quinto: las leyes que hacen los hombres sirven, pero hasta ahí. La de medio
ambiente, la de edificios libres de humo, las de asepsia en los hospitales: mírenlas
ahora. ¿De qué se disfrazan? El humo parece Droopy. Está por todos lados. No se
lo puede atrapar, ni esposar, ni detener, ni nada. No hay matafuego que alcance
y la situación, más allá de toda broma, invita a pensar en un sexto punto: la descomposición.
Cuando el fuego pasa, cuando el humo se aplaca, algo siempre queda. Por lo
general, son los restos de aquello que se fue consumiendo. En este caso, una
alegoría de país que tiene muchísimas opciones para resurgir de las cenizas,
pero que aún no sabe de dónde soplan los mejores vientos.
Ariel Neuman
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Agencia MP