Política 25-04-2008 - 572 Palabras

(República)

 

LA REPÚBLICA PERDIDA

 

El Ejecutivo se ejerce con las riendas bien tensas. El Legislativo es obsecuencia casi, casi en estado puro. El Judicial denuncia presiones y desde el seno del Consejo de la Magistratura, lejos de analizar el fondo, se escuchan defensas de bloque más políticas que institucionales.

 

La república se sigue esfumando bajo un modelo inaugurado desde vaya uno a saber cuándo, siguiendo la línea de saltar por sobre los designios de los legisladores (representantes de las provincias y de la ciudadanía) que inauguraron los primeros gobiernos militares y avaló la Corte Suprema de Justicia -sí, de Justicia- en el año 30.

 

Los frenos y contrapesos, los controles recíprocos, los límites que se deben poner los poderes entre sí, parecen desdibujarse cada vez más con el correr de los años y de los maquillajes.

 

La forma en que se practica hoy el poder desde la Administración central es discutida ya más que abiertamente, apuntando siempre a la personalidad de la Presidenta y del Primer Caballero (o Damo, o ex Presidente). Pocas veces se atina a mirar un poco más arriba de la coyuntura para advertir que nuestro sistema no admite ciertos avasallamientos como aquellos a los que nos estamos acostumbrando a ver.

 

No es sólo un tema de personalidad. El que diga eso olvida los decretos de necesidad y urgencia de Carlos Saúl, los manotazos de los cinco presidentes en una semana y una serie de episodios más que emblemáticos de la última oleada democrática.

 

Que mayorías automáticas en el Congreso ni siquiera discutan proyectos de ley que delegan facultades en el Ejecutivo; que haya jueces que digan que se abren investigaciones contra funcionarios por cuestiones políticas y que otros digan que esas mismas causas se cajonean por las mismas razones; que la Presidenta cargue sistemáticamente contra los otros pues no encuentra en quién descargar la impotencia que genera la crítica por errores evidentes; que los medios estén, como nunca antes desde el gobierno de Fernando De la Rúa, a la caza del disparate gubernamental; que un Ministro de Economía se vaya porque no lo dejan hacer aquello para lo que está contratado, no habla más que de una crisis insalubre para la República, pero no es cien por ciento novedad.

 

Tal vez un buen ejemplo sea el de Luis Patti. Alguna vez lo dije, lo escribí y lo firme, y lo hago ahora de nuevo: Patti me cae mal y probablemente me caigan casi tan mal todos aquellos que lo han votado. Sin embargo, como candidato no fue legalmente objetado y una vez elegido esa elección se debería respetar.

 

No hacía falta que lo dijera la Corte Suprema. Llegar a ese punto demuestra hasta dónde somos capaces de ignorar la voluntad de las minorías, algo básico de cualquier democracia medianamente respetable.

 

Sucede que somos una sociedad acostumbrada a acomodar las normas a nuestra regalada gana. Sabemos que la sanción, si llega, siempre llegará tarde. Sabemos también que hay quienes por cuna o por privilegios, nunca serán sancionados.

 

Sin Justicia, no hay república posible.

 

Sin Parlamento, no hay república viable.

 

Sin un Ejecutivo respetuoso de los otros poderes, de la oposición, del disenso, de la prensa (libre o interesada), no hay república que aguante.

 

La República Perdida, el documental que da cuenta de la historia argentina, amenaza con reeditarse en breve. Ojalá, por el bien de todos, la encontremos pronto, antes de que termine de agotarse.

 

Ariel Neuman

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Agencia MP