Política 20-06-2008- 550 Palabras

(Plaza de Mayo)

 

¿Y ACÁ, QUÉ HABÍA?

 

La Plaza es un símbolo mágico que parece que todo lo representa. La Plaza del Pueblo. La Plaza de Todos. La Plaza Peronista. La Plaza de las Madres. La Plaza de las Abuelas. La Plaza de la Democracia.

 

El sentido mítico que tiene la Plaza de Mayo es innegable. Ahí recordamos que tuvieron lugar los principales acontecimientos de nuestra historia. Desde la independencia en adelante, todo pasó por allí. Festejos de títulos deportivos, asunciones y caídas de gobierno, aguantes democráticos, apoyo a militares, reclamos, búsqueda de hijos, búsqueda de nietos.

 

En realidad, recordamos, pero no pasó. Los verdaderos hacedores, los decisores, los que levantaban o bajaban el pulgar, por lo general estuvieron en otros lados.

 

No importa. Vale el imaginario y tal vez por eso la puja de los distintos sectores por ocupar lugares de privilegio en los actos públicos sea tan intensa. Tal vez por eso, la convocatoria que las partes suelen hacer para demostrar apoyos o repudios confluye en ese lugar cuasisagrado.

 

¿Cuánto de valor racional tiene ocupar la plaza? Sin dudas, mucho menos que de simbólico.

 

La Plaza es propiamente el espacio público, lugar de encuentro de la ciudadanía, donde nadie es más dueño que nadie y todos somos dueños de todos. Es el lugar que en la polis griega se usaba para discutir y ejercer el derecho deber democrático.

 

Sin embargo, los tiempos cambian. No somos una polis y tampoco somos Grecia. Los celulares ganan terreno y las convocatorias ya no sólo se hacen por el chori y la zapatilla, o por la indignación espontánea, sino también a través de cadenas de mensajes que llegan vía éter.

 

La lucha por el espacio físico, cuando el reclamo puede hacerse en todas partes, por la tele, la radio, la web y sus blogs, debería perder parte de su peso, como ocurre en cualquier lugar del mundo, como sucede en campaña política y, no obstante ello, en las últimas semanas vimos que no es así.

 

La demostración de poder, se cree, se sigue haciendo en la plaza. Por eso el gripo de guerra con aquello de la Plaza es del Pueblo y demás cuestiones vinculados con un instinto cuasianimal de marcar territorio.

 

En esa línea, recorriendo las imágenes de los últimos 100 días, una viñeta de Quino vuelve a la mente. Retrocediendo en el tiempo, dos grupos se disputan la titularidad del término “pueblo”. “Nosotros somos el pueblo”, dicen a la vez. Luego, en medio de las ruinas, un grupo de turistas le pregunta al guía: ¿Y acá, qué había?

 

La respuesta: Un pueblo.

 

A los argentinos, al parecer, nos está pasando lo mismo que a esa comunidad que vivía en cuevas y levantaba garrotes. Todavía no nos damos cuentas que somos uno sólo, incluso en la disparidad y diversidad de intereses.

 

Si unos, los otros no sobreviven. Sin los otros, los unos estarán desahuciados más antes que después.

 

Tato Bores, interpretando al antropólogo alemán, en una de sus últimos programas jugaba a que la Argentina se había extinto y sólo quedaban de ella mitos y fábulas poco probables.

 

¿Le estaremos dando la razón a Quino y a Tato? Como homenaje para ambos, verdaderamente, dudo que los haga felices.

 

Ariel Neuman

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Agencia MP