Política 11-07-2008 - 570 Palabras

(Protesta)

 

MARCHAS Y CONTRAMARCHAS

 

Luego de un par de días de charlas, discusiones y debates en el Congreso, los titulares volvieron a ser oscuros: Diputados decidió, el campo vuelve a las rutas y D’Elía, a pedido del ex presidente Kirchner, vuelve a marchar como fuerza de choque.

 

Marchas y contramarchas son las que se están dando en nuestro país, y no sólo las de la calle, sino también y fundamentalmente en el plano de las instituciones.

 

El avance que el ex primer mandatario realiza sobre el espacio de poder que hoy y por tres años y medio más le corresponde constitucionalmente a su esposa, no hace más que debilitar la imagen de la (ex) Primera Dama (aunque, técnicamente, al ser la Presidenta lo sigue siendo).

 

Ella, por su parte, no le hace muchos favores al cargo cuando dice, por ejemplo, que el aumento a las Fuerzas Armadas fue para satisfacer el pedido de tres hombres (cada uno de los jefes de cada arma) y ella, como mujer débil que dice ser, no pudo negarse. Mal día para hacer un mal chiste.

 

Si bien la expresión es típicamente masculina, el ponerse los pantalones le cabe en los tiempos que corren a la mujer que nos comanda, que ahora, por cuatro años, deberá entender que mucho antes que mujer es Presidenta.

 

Dicho esto, asumir el cargo implica ponerle límites a las órdenes y pedidos del mandatario saliente y, aún más, relativizar sus declaraciones públicas cuando éstas tienden a fogonear un conflicto por demás delicado y que el propio gobierno se ha visto con dificultades para gestionar.

 

Del otro lado, en la vereda de enfrente, la vuelta a las rutas y las marchas del campo no hacen más que tensar una situación que, gusten o no los resultados obtenidos, está encausada en el camino que prevén las instituciones.

 

Ya no se trata de un decreto arbitrario e inconstitucional por donde se lo mire, sino de un proyecto de ley que avanza y que, en caso de llegar a buen (o mal) puerto, habrá que cuestionar judicialmente. Son las reglas del juego y en ese marco, sí o sí, hay que jugar.

 

Pero en ese contexto y en el fondo de la cuestión, lo que se discute no parece ser ya sólo la racionalidad de una medida que algunos consideran redistributiva y otros lisa y llanamente confiscatoria, ni las bondades de atar el desarrollo prometido de escuelas, caminos y hospitales a cómo le vaya a los productores, toda vez que el Estado lo debería hacer igual. Lo que se está poniendo sobre el tapete es el propio sistema, como señalaron oportunamente desde el gobierno.

 

No es que estemos viendo el despliegue ni la gesta de un movimiento desestabilizador ni mucho menos, sobre todo porque los principales movimientos sísmicos los genera el propio oficialismo con sus iniciativas y declaraciones, convocatorias y arengas.

 

Por lo pronto, el ex Presidente no asume que es ex y la Presidenta no logra encausar la situación e imita el modelo de gestión de su marido, bajo la convicción de que autoritarismo y fortaleza forman parte de la misma familia de palabras.

 

El campo, en tanto, debería controlar su malestar y continuar los procesos constitucionalmente previstos o saber, al menos, que cortar rutas es delito. D’Elía no merece comentarios. No por ser inimputable, sino porque todas sus acciones están apañadas bajo la estrategia oficialista del dejarlo hacer.

 

Ariel Neuman

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Agencia MP