Política 08-08-2008 - 564 Palabras

(Juegos Olímpicos – Violaciones DDHH)

 

ME IMPORTA TRES BEIJINGES

 

La humanidad no evoluciona. Avanza, tal vez, pero definitivamente no evoluciona.

 

La realización de los Juegos Olímpicos en China es una de las pruebas más irrefutables de eso. Allí se muestra el avance de la mano de tecnologías que permiten seguir el paso a paso de cada atleta, con megaestadios, ciudades levantadas de cero y hasta cursos y enseñanzas para acercar a la milenaria cultura china con la de los millones de visitantes que se espera lleguen de occidente.

 

Pero allí también confluyen los altos valores del olimpismo internacional con el más absoluto de los silencios y hasta la aquiescencia sobre la situación que vive buena parte de la comunidad del país más populoso del mundo.

 

Porque si bien es innegable el avance económico que se ha registrado en ciertas industrias y sectores puntuales de una nación dirigida hasta hoy por el mismísimo Partido Comunista, la miseria es también moneda corriente para nada menos que unos cuantos cientos de millones de chinos.

 

Es más: a nadie en el “mundo libre”, con los flujos abiertos de información existentes, podría escapársele que la violación a los derechos humanos más básicos es una constante en el gigante asiático.

 

Libertad de expresión acallada; trabajo semiesclavo, esclavo e infantil; desapariciones forzadas, torturas y muertes, son apenas un puñado de las acusaciones que año a año le formulan los organismos internacionales de derechos humanos a la ex China de Mao.

 

En ese contexto, agrupaciones como Falung Gong (o Dafa) son tildadas como terroristas por el gobierno, en tanto ella se presenta como un movimiento espiritual de superación (que puede verse en práctica en varias plazas argentinas entre grupos que ejercitan una suerte de Tai Chi Chuan y otros movimientos que conectan cuerpo y mente) y acusa al sistema de secuestrar, torturas y hasta extirpar y vender órganos de humanos vivos.

 

Como en la Alemania hitleriana, como en la Argentina militar, el mundo participa boquiabierto de un espectáculo majestuoso, admirando lo mejor de las individualidades de atletas de todas las naciones, mientras le da la espalda y se convierte en cómplice de lo peor de la humanidad.

 

Hasta podría intentar decirse que el conocimiento sobre lo que pasaba en nazilandia o en videlaland era limitado o que el desconocimiento era absoluto, algo que no se puede sostener hoy.

 

De un lado de los estadios, los gritos de júbilo, los festejos y los llantos. Del otro, los gritos del verdadero dolor.

 

China, claro está, no es un punto negro aislado en lo que hace a violación de derechos humanos. Son pocos los países exentos de esas prácticas muchas veces sistemáticas. Sin embargo, en el gran gigante se manifiesta casi como en ningún otro estado que los derechos fundamentales dejan de importar cuando las tasas de retorno son altas, cuando el mercado puede consumir los excedentes que otros dejan, cuando el ingreso al sistema de negocios y financiero puede hacer saltar la banca.

 

En horas estrambóticas para todo el continente americano, uno que conoce bien de cerca lo que son los atropellos contra la vida y la integridad de las personas, la gente se prepara para madrugar y ver por unos cuantos días y por televisión, a los dragones-espejitos de colores.

 

Debajo suyo se esconde una disciplina marcial, basada en premios mínimos y castigos enormes. ¿A alguien le importa? Pareciera que solamente tres beijinges.

 

Ariel Neuman

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