Política 15-08-2008 - 564
Palabras
(Inseguridad)
INSEGURIDAD Y USO DE LA FUERZA
La aparición de bandas internacionales de narcos, que operan –o mejor dicho matan– con códigos mafiosos en la provincia de Buenos Aires, puede terminar siendo el principio del fin.
La inactividad del estado respecto de una serie de delitos considerados menores en relación a los que hoy desvelan a la opinión pública, ha sido claramente el caldo de cultivo para comenzar a transitar un camino que en México, Colombia y Brasil se conoce muy bien.
No se trata ya el ahora, como siempre ha sido, de la bizantina discusión entre prevención y represión. En juego, además de la vida de la gente, está la constitución misma de un estado soberano.
Por definición comúnmente aceptada, es el estado quien ejerce el monopolio legítimo de la fuerza física. Es él el único autorizado a castigar con derecho de hacerlo, en el marco de ciertos ordenamientos legales.
Cuando, por el contrario, aparecen grupos que toman en sus manos este tipo de actividad (llámense sicarios o justicieros), deben ser rápidamente sancionados por el aparato legal-estatal. No hacerlo implica ceder y ceder es igual a naufragar.
Si se quiere, es una relación de vedettismo en la que el estado no debería estar dispuesto a dejar en manos de terceros ni una cuota de su espacio de cartel.
Sin embargo, basta con recorrer las zonas caras del
Gran Buenos Aires para advertir que allí la seguridad tiene forma de garita y
de agencia privada, un reconocimiento velado de que la policía estatal no
alcanza y de que la vía para solucionar la escasez no es capacitación y mejoras
en las condiciones de trabajo, sino alejarse lo más rápidamente del problema.
Ese, no está demás decir, no es el primer indicador de este principio del fin. Antes está el desinterés que durante los años 70, 80 y 90 demostró el estado frente al avance sistemático de la exclusión y la marginalidad. Y es más: en lugar de desinterés cabría hablar de intencionalidad en ese sentido.
Más que mirar hacia otro lado, poco y nada productivo se ha hecho. Cárceles, reformatorios y castigos talibanes forman parte de un combo de esfuerzos inútiles y de espasmos sensacionalistas para que las manos duras se empapen de sangre y la sociedad se siga desangrando.
No atender a las necesidades básicas de buena parte de la población generó las condiciones propensas para el raterismo, la proliferación del alcohol y de las drogas. No dar esperanzas de futuro empujó a muchos chicos un poco más allá.
El desprecio por la vida ajena lo muestra tanto el ladronzuelo de hoy, como ayer lo hizo la policía del gatillo fácil. Para unos y otros las consecuencias son similares: pocas veces hay consecuencias.
Pero ahora el problema ya tiene pantalones largos y no es una cosa menor. En muchos casos, los cabecillas son grandes señores alojados en mansiones, como las que muestran las películas ambientadas en Centroamérica.
Por lo bajo, la mano de obra que reclutan es, justamente, aquella que durante tantos años se desatendió.
Decir que el problema se debe solucionar de raíz es una perugrollada. El asunto es cómo.
Hoy, la realidad nos muestra que es mucho más compleja que hace algunos años. Y en esta espiral, lo que queda claro es que cuanto más se dilaten las respuestas, menos chances habrá de volver a vivir tranquilos.
Ariel Neuman
Agencia MP