Política 05-09-2008 - 571 Palabras

(Riesgos)

 

QUEDAN POCOS NÚMEROS EN LA RULETA RUSA

 

Cuando el que enloquece y dispara es una sola persona, Hollywood hace una película de taquilla. Cuando quien enloquece y dispara es toda una comunidad, la historia es la que se encarga de reflejar el principio del fin.

 

Buena parte de los servicios de trasporte público de pasajeros en todos los rincones de la Argentina funcionan al nivel de ‘verdadera porquería’. En épocas de la colonia era más seguro y hasta rápido cruzar por un camino desolado que lo que resulta hoy.

 

Entre vuelos cancelados y demorados, rutas de muerte y piquetes, trenes para el hacinamiento, colectivos contaminantes, micros truchos, combis atestadas, taxis por las nubes, autos particulares sin ningún tipo de control y bicicletas para el suicidio, los argentinos hemos aprendido a convivir o sobrevivir en medio de un sistema con los canales tapados de colesterol.

 

Porque si retomamos algunos principios hoy demodé de la ciencia política y consideramos que la sociedad es como un cuerpo vivo, con órganos que lo nutren y le permiten vivir, claramente entenderemos al tendido de vías de transporte como el torrente sanguíneo que lleva nutrientes de un lugar a otro.

 

Siguiendo la analogía, hoy vemos que por las venas y arterias de nuestro país se están combinando una serie de factores que conspiran contra la salud integral del cuerpo.

 

Por un lado, los de infraestructura, muestran a las claras las falencias de planificación que tiene una red en la que el corazón está claramente concentrado en la Capital Federal, a la que llegan rutas aéreas, autopistas, autovías, grandes avenidas y trenes, aunque en todos los casos con mayor o menor grado de deterioro.

 

Para colmo, dando apenas unos pasos más allá, los grandes conductos se transforman en tórridos caminos mal señalizados y que, muchas veces, sólo conducen al asalto o a la muerte.

 

En una segunda línea aparece el factor vehicular. Los medios de transporte en nuestro país son, por lo menos, antiguos. Aviones, colectivos, trenes y subtes forman parte de un conjunto de glóbulos rojos y blancos que no se renuevan, en el mejor de los casos, desde hace 15 ó 20 años. Así las cosas, no están adaptados a las normas de seguridad que exigen la complejidad de las sociedades y economías actuales.

 

Pero es un tercer factor el verdaderamente desequilibrante para definir qué tan enfermo está el cuerpo. Los anteriores son importantes, pero es en los seres vivos que formamos un país en donde está la clave para definir si las arterias se destaparán o si los medios de transporte podrán conectar todos los rincones de un sistema para que el crecimiento sea orgánico y sustentable.

 

Nosotros o, mejor dicho, nuestro comportamiento, probablemente, sea la peor de todas las enfermedades por las que está atravesando el país.

 

De la violencia excesiva se pasa a la indiferencia. De los brotes solidarios al encerramiento en nosotros mismos. De la euforia al temor. De la alegría a la tristeza. De la ilusión al desencanto.

 

Pisamos el pedal a fondo. Nos quejamos sin actuar. Cuando actuamos exageramos, nos miramos y nos potenciamos y, si encima, una cámara se prende, somos capaces de las más grandes de las barbaries.

 

Entramos y salimos de terapia una y otra vez, en juego siniestro y peligroso.

 

La ruleta rusa ya ha dado muchas vueltas y la bala sigue estando ahí. Ojo, que en cualquier momento se dispara.

 

Ariel Neuman

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Agencia MP