Política 26-09-2008 - 589 Palabras

(Anomia)

 

NADIE: ¡HACÉ ALGO!

 

El camino a la anomia es un viaje sin retorno. De ahí a la anarquía resta menos de medio paso. Nos hemos acostumbrado a desobedecer. Nos hemos vuelto una sociedad libertina desde el punto de vista normativo.

 

No es que desconozcamos las reglas que rigen para nuestro comportamiento social, sino que, simplemente, no nos interesa cumplirlas. Sabemos que no hay sanción y que, cuando hay sanción, raramente se aplica.

 

En el círculo de incumplimientos entramos todos. Algunos, claro, con mayor responsabilidad que otros, pero quien esté libre de pecado que la arroje primero.

 

Y, de hecho, para empezar vale pensar en quienes ‘juegan’ a tirar piedras desde los puentes de las autopistas sobre los autos. “Para divertirse” –dicen algunos–, “para robar” –sabemos todos–. ¿Es necesaria tanta saña y hasta inconciencia para cometer un atraco? ¿Quién le explica a los padres de la beba cuyo piedrazo dio en su cabeza que un descerebrado se estaba divirtiendo de esa forma?

 

Aprovechando el trayecto en auto, es sabido que la máxima en autopista es de 130 km/h. ¿Cómo se explica que, esquivando en zigzag, lo traspasen a uno como si apenas estuviera carreteando? ¿Cómo se explica, en realidad, que los velocímetros de los autos vengan directo de fábrica con un tope de 220 km/h y no se les exija a las automotrices adecuarse a la ley?

 

Cuesta también entender al ciclista que se mete de contramano o que avanza por las esquinas sin mirar a ningún lado o que se atraviesa de lado a lado de la calle, haciendo de blanco para ver si alguien le acierta el tiro.

 

Es difícil creer que alguien que sale con su auto a la ruta pueda quedarse dormido sin tener antes síntomas de cansancio que le hagan pensar en que mejor es frenar y descansar un poco.

 

Los ejemplos que traigo aquí dan muestras no sólo de conductas viales peligrosas, reprochables y, lamentablemente, frecuentes, sino también de faltas de sentido común, de disvalor por la vida propia y la ajena y de que las normas se han hecho para ser violadas de las formas más burdas.

 

El problema, claro está, no se da sólo en la vía pública (aunque en el espacio público es donde convive nuestra mayor cuota de comunidad), sino que ingresa en hogares en los que no se sabe quien es la autoridad, se cuela en colegios, en lugares de trabajo, al momento de hacer negocios, de prometer y de mentir.

 

La falta de credibilidad del sistema legal hace que una y otra vez, varias veces por día, nos pasemos las normas vigentes por las partes más íntimas, por considerarlas ideas antojadizas de algún burócrata palaciego.

 

Muchas de ellas, claramente, lo son. Sin embargo, forman parte del sistema institucional que como ciudadanos de un estado de derecho aceptamos y debemos respetar.

 

No lo estamos haciendo, básicamente, porque no se nos exige el debido cumplimiento. Como la planta que crece sin guía, nos estamos expandiendo hacia lugares peligrosos y la situación se agrava con el correr del tiempo. Pronto, de seguir así y sin la más mínima cuota de alarmismo, nos veremos envueltos en situaciones de las que no podremos salir.

 

La solución al problema, seamos sinceros, no viene dada ni desde arriba, ni desde abajo, ni desde afuera. Esta vez es cierto aquello de que los argentinos nos salvamos entre todos o no nos salva nadie.

 

De allí que, por favor, si alguien se llama nadie, que tome cartas y haga algo.

 

Ariel Neuman

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Agencia MP