Política 03-10-2008 - 563 Palabras

(Productos chinos – Aborto)

 

CUANDO PROHIBIR NO CAMBIA LAS REALIDADES

 

La prohibición para consumir ciertos productos importados de China y la prohibición para abortar que defienden por estos días algunos sectores conservadores tienen –aunque no parezca–, una cosa en común.

 

En el primero de los casos, se trata de una serie de alimentos que vienen haciendo estragos en la salud de los consumidores a nivel mundial. Estragos, en este caso, significa que llevan a una muerte más que probable.

 

En el segundo, lo que está en juego es el derecho de la mujer a disponer de su propio cuerpo versus el derecho de la persona por nacer a mantener su vida en el seno materno.

 

En ambos, sin embargo, de lo que se trata es de historias repetidas que se suceden por la dureza de posiciones y ambiciones de poder.

 

China fue, durante décadas, el demonio comunista, luego se convirtió en una copiadora abusona de cuanto desarrollo se hizo en occidente, más tarde fue un mercado interesante, luego un socio estratégico y pronto el dueño del mundo.

 

Los controles de calidad en ese país no alcanzan para monitorearlo todo (al menos en términos de productos, no así de ideologías). De hecho, a principios de este año la venta de juguetes pintados a base de colores con plomo despuntó el alerta mundial.

 

¿No se le piden a China sellos sanitarios como se hace con toda economía que se internacionaliza? Seguramente, el mercado es lo suficientemente tentador como para dejarle pasar alguna que otra irregularidad.

 

Justamente, de mercado se trata también el tema del aborto. Hay, sin lugar a dudas, trasfondos morales, religiosos, políticos y culturales de peso abrumador. Pero, la verdad, verdad, de números igualmente se trata.

 

Mantener el aborto en estado de prohibición no evita que los abortos se practiquen. A lo sumo, hace que se desconozca la cantidad que hay de ellos; que quienes pueden pagarlos, lo hagan con médicos profesionales, y quienes no, se las rebusquen poniendo en serio riesgo su vida.

 

La prohibición, en este caso, eleva los costos de transacción y alimenta los bolsillos de quienes son conocidos por realizar estas prácticas. Si nos sinceramos, en ciudades medianas o chicas, todo el mundo sabe quién, dónde y por cuánto realiza este tipo de procedimiento.

 

Sin ningún lugar a dudas, los planteos que provienen desde sectores conservadores en contra de la práctica no están al pendiente de estas cuestiones (afortunadamente), pero su conducta repercute en esta realidad: el aborto de la clase media se practica con garantías, el de las clases bajas con la marca de la muerte encima.

 

Sobre violaciones y mujeres incapaces, tema que tanto se ha tratado por estos días, no hay mucho por decir. Una vez más, la realidad es contundente. Trascienden sólo los casos planteados ante la justicia por gente que aun cree en el sistema. Pensar que sólo se practican abortos con la venia de un magistrado es una verdadera idiotez.

 

En este punto, ambas prohibiciones encuentran su trasfondo común. En los dos casos se atacan los síntomas, pero no las realidades.

 

En el primero, la realidad indica que nos importa un comino la salud de nuestra gente y la integridad de aquellos con los que comerciamos. En el segundo, que la práctica del aborto en la vida real no es atendida con la misma intensidad con que lo es la prohibición.

 

Ariel Neuman

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Agencia MP