Política 21-11-2008 - 550
Palabras
(Consensos)
UN PAÍS DE MENTIRA
En un escenario de hechos consumados, la eliminación del sistema privado de jubilaciones y pensiones invita a reflexionar sobre el pendular constante de la política económica argentina.
Poco importa a estas alturas analizar si fue un acierto o no la propuesta lanzada desde la Presidencia y aprobada por el Congreso. Lo que si es trascendental es que esta apuesta ganada dure en el tiempo.
Es que probadas muestras hay del bamboleo por el que
trasunta nuestra historia, yendo de una punta a la otra del escenario circense,
del libremercado al proteccionismo, para volver al libremercado; del estatismo
a las privatizaciones, para volver al estatismo; de la confianza a la
desconfianza, para anclarse en la desconfianza; del nacionalismo al
extranjerismo, para volver al nacionalismo.
No es cuestión aquí de cargar las tintas contra tal o cual gobierno. Ninguno escapa a este modelo en el que tan bruscos son los movimientos que la coctelera nos sacude a un ritmo difícil de digerir.
Nada dura lo que tiene que durar. Ni las estatizaciones, ni las privatizaciones. Nada.
Al fin de cuentas, no estar pensando ya que dentro de equis años un nuevo gobierno estará planeando un argumento convincente sobre las ventajas que tiene un sistema de jubilación privado para nuestro país es no conocer la idiosincrasia argentina.
Ojalá las líneas anteriores fueran erradas, pero a falta de consensos generados con debate genuino, difícil es esquivar la posibilidad de que eso ocurra.
No en vano la actitud de legisladores del PRO pidiéndole al vicepresidente en ejercicio del Poder Ejecutivo que vete la norma.
Además de la falta de respeto por la investidura y la capacidad de Julio Cobos –y de tacto ante lo que hubiera podido desatar de tener acogida su mensaje (casi sin ningún lugar a dudas una crisis institucional) – lo que muestran los congresistas conservadores es su malestar frente a una decisión que, a la primera de cambio, intentarán revertir.
Lo que vemos con las AFJP se replica en Aerolíneas, en YPF, en las empresas de agua y de gas. Todo lo sólido parece desvanecerse en el aire, diría un deudo de Carlos Marx. Sin embargo, poco sólido existe en un país tan gelatinoso como el que construimos día a día.
Porque, también es cierto, tanto usted como yo estamos acostumbrados a levantar el dedo acusador y sacudirlo de un lado a otro, señalando y cuestionando el comportamiento ajeno en lugar de mirar el nuestro propio.
Es una filosofía bastante difundida aquella que indica que si cada uno hiciera en su metro cuadrado de vida las cosas como las debe hacer, nuestra comunidad sería mucho mejor.
¿Es el vaivén culpa de los que están arriba? ¿Es este viaje a la deriva que transitamos hace décadas responsabilidad de malos pilotos? ¿O será que mientras unos marineros reman, otros se hacen la rabona y otros mueven la pala para el lado contrario?
La generación de consensos y de presupuestos mínimos es una obligación y una responsabilidad de cada uno de nosotros. No la estamos asumiendo.
Estamos celebrando toda medida que nos cae bien y fustigando toda aquella que nos cae mal sin medir su proyección en el tiempo. Hacemos vidas de corto plazo y así contribuimos a seguir armando un país que parece de mentira.
Ariel Neuman
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Agencia MP