Política 12-12-2008 - 559
Palabras
(Delincuencia)
NENES QUE MATAN
Día tras día nos vemos obligados a apagar el noticiero sólo para animarnos
a destrabar la puerta, levantar la reja, conectar la alarma, mirar para todos
lados y salir de casa. Cada mañana amanecemos con más muertos y más secuestros
y más y más muertos y sangre y codicia y droga y falta de resistencia y mucha,
pero mucha muerte.
¿De dónde salieron
tantos jóvenes y mocosos pasados de rosca y preparados para matar a sangre fría
porque “a mí me tenés que respetar”?
Claramente, estos pibes no son producto de una generación espontánea. No son honguitos venenosos que crecieron debajo de un noble pino; y aunque queramos verlos como espinas de un bello rosal, son apenas un par de puntas en el cactus social que hemos creado.
Los chicos que matan son chicos que no nos han importado nunca, al menos
hasta ahora. Y ahora, tal vez, es tarde, porque pueden hacer mucho más que
matar.
Las maras centroamericanas están asolando a varios países de esa región. El
narcotráfico en las grandes ciudades brasileras y en los pueblos colombianos
obliga a vivir en caravana y con miedo a los chicos de la calle.
Definitivamente, lo nuestro puede ser aún peor.
Decir que la desatención social o las condiciones de contexto son la causa
del vandalismo no es explicación suficiente no sólo para los familiares y
amigos de los asesinados por manos que tendrían que estar empastadas con
plastilina y no con sangre, sino tampoco para una sociedad que reclama
respuestas urgentes.
La idea de bajar la edad de punibilidad es algo así como un engaña
pichanga. ¿Hasta qué edad? ¿Acaso un chico que delinque hasta el último día de
su cumpleaños previo a la franja etaria establecida por las leyes es mejor que
el que lo hace a partir de ese entonces? Cualquier límite para punir sería
caprichoso –el existente, por cierto, lo es– y está demostrado también que
cuando los chicos son usados por los adultos para el crimen, no hay obstáculos
en reclutar a pequeños que apenas si saben limpiarse los mocos.
Así se juega un mix que ve a estos precoces delincuentes en víctimas de un
sistema, sazonado con quienes dicen que encarnan al mismísimo diablo y pugnan
por la formación de escuadrones al estilo de los de la muerte.
Un paquete racional de medidas para combatir la delincuencia debería contemplar
una inyección educativa fuerte –no sólo de lengua y matemática, sino también de
aprecio por la vida y valores ajenos a los mercados y a la publicidad comercial–;
un trabajo social a conciencia y sin aspiraciones de clientelismo político; una
mejor preparación, equipamiento y paga al personal policial; un trabajo
irrenunciable en la enseñanza de los derechos humanos; un combate real contra
la droga y sus eslabones superiores; una convicción política de que el problema
no es de coyuntura o de gobierno, sino de Estado, y una catarata de otras
medidas de contención que tendría que escoltar todo lo anterior.
¿Qué se está haciendo con todo esto?
A decir verdad, mucho no se ve. Nosotros seguimos muriendo y los chicos
siguen matando.
¿Por qué?
Porque encuentran ejemplos en los grandes. En los sindicalistas. En los
delincuentes mayores. En la impunidad que recorre las venas de la Argentina, cada
vez más abiertas, cada vez más desangradas.
Ariel Neuman
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP