Política 02-01-2009 - 585 Palabras
(Clase dirigente –
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MÁS RADA EN LOS POLÍTICOS
Me crucé con Rubén Rada. Listo. Ya está. Sé que con la mención de ese nombre le saqué su primera sonrisa del día (espero, no la última). Pasaría lo mismo si le dijera que el cruce fue con Enrique Pintti, Diego Torres o Julián Weich, pero no si se tratara de un Menem, de un De la Rúa o de un Kirchner.
¿Por qué ciertas personas logran arrancar unánimes sonrisas y otras, en
cambio, a su sola mención despiertan pasiones encontradas que van desde el amor
incondicional al odio más genuino?
Es cierto que ningún político anda cantando Color Esperanza o que en los
conciertos pasan cosas raras, sin embargo, hace algo más de tiempo también lo
vi con resultados similares en un subterráneo porteño a Luis Zamora, el
dirigente izquierdista que antes y después de su paso por la política vendió
libros.
Recorriendo luego en mi cabeza el nombre de dirigentes vivos que pudieran
despertar cierta emoción positiva en los transeúntes, la lista me quedó casi
vacía. ¿Por qué los políticos no logran generar hoy las simpatías que provocan
otras personalidades o, mismo, las que alcanzaban sus antecesores en el manejo
de la cosa pública?
Nadie se emociona por cruzarse con un Macri, un Puerta, un De la Sota, un
Rodríguez Saa, un López Murphy. El mejor comentario que podrán hacer luego de
verlos personalmente es algo así como “en la televisión parece más gordo”, pero
difícilmente les despierten una sonrisa o las mismas ganas de bailar que le
cayeron a mi vecina circunstancial en el cruce de la Avenida Corrientes, cuando
nos cruzamos con el cantante uruguayo.
Los políticos han logrado transformarse en seres poco deseables para la comunidad. Hay excepciones, claro, pero como clase dirigente la tendencia es clara y apunta en ese sentido. La mala imagen que se han sabido forjar a costa de desmanejos, manipulaciones, mentiras, defraudaciones, entuertos y afines, los convierte, paradójicamente, en gente que retiene el poder y representa a quienes los rechazan.
Antes de preguntarnos si se puede cambiar esto (y, adelanto, la respuesta
es que con trabajo genuino o con trabajo cosmético todo se puede), habría que
pensar si hay interés en que eso pase.
Por el lado de los políticos –nuevamente, en su conjunto–, no parece que
existan señales que muestren el valor que le dan a tener una buena imagen, más
allá de aquella que precisan para sumar votos en las elecciones. El
razonamiento es tan básico como racional pues si con la cara de piedra logran
mantenerse en el poder durante décadas, los motivos para el cambio no se hacen
visibles y hasta parecen desaconsejables.
Justamente, ese mantenerse sobre las tablas durante tantos años parece
indicar que a la sociedad tampoco le interesa tener una clase dirigente que le
llene el alma cuando se la cruza en el supermercado o que la rocíe con una
esperanza similar a la que hoy por hoy destila el presidente electo de los
Estados Unidos entre su población.
No obstante, aquí sí las excepciones hacen a la regla.
Y es que cuando la ciudadanía actual se desentiende de la cosa pública y de
quienes la manejan, no es sólo ella la que padece las consecuencias, sino que
aquellas se reproducen hasta afectar seriamente a las generaciones venideras.
Por eso, que no nos importe que nuestros políticos nos revuelvan las tripas es grave. Estamos comprometiendo la vida de los que vienen y no tenemos derecho para hacerlo.
Ariel Neuman
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP