Política 23-01-2009 - 573 Palabras

(Oposición)

 

MUCHO OPOSICIONISMO, POCA OPOSICIÓN

 

Hay una enorme diferencia entre oposición y oposicionismo. La primera podría ser considerada un subgénero de la segunda que, a decir verdad, es la que abunda en nuestro país.

 

La oposición construye. Denuncia aquello que considera espurio; critica aquello a lo que se opone, y suma sus fuerzas e ideas para que al gobierno con el cual no está alineado ideológica, ética o políticamente, le vaya lo mejor posible. Comprende, esta oposición, que cuanto mejores resultados obtiene el oficialismo, mejores condiciones se logran para el país.

 

El oposicionismo, en cambio, hace una militancia de la oposición. Por estar en veredas distintas –no siempre del todo opuestas– cree que la crítica debe ser continua, la descalificación permanente y está convencido de que no hay obras buenas en gobiernos malos. Sus adeptos, sin embargo, suelen coincidir en que en gobiernos buenos (y cada cual aquí entenderá lo que le plazca) no hay obras malas.

 

De este tipo de oposicionistas, conocidos vulgarmente como máquinas de impedir o grandes ponedores de palos en las ruedas, abundan de a montones.

 

Con motivo de la asunción del presidente de los Estados Unidos, por ejemplo, se realizaron algunos informes periodísticos cuestionando la ausencia de Cristina Kirchner en un acto de tanta relevancia, no obstante que es sabido que de él no participa ningún mandatario de ningún país del mundo.

 

En los chistes políticos, cadenas de correo electrónico y en comentarios de ciertos líderes de opinión, se están escuchando comparaciones entre el actual gobierno y el de la Alianza, el de los últimos militares en el poder y el segundo mandato de Yrigoyen. Son fatalistas, argentinos típicos que se regodean cuando algo malo sucede.

 

“¿Viste quién se murió?”, comentan con regocijo cuando creen tener la primicia para contarle a su vecino.

 

Aclaración: no hay aquí banderías políticas. Nadie se exime de este flagelo tan autóctono, ni quienes hoy están en el gobierno, ni quienes estuvieron ayer, estarán mañana o no estarán nunca. En pleno siglo XXI seguimos lloriqueando como en los viejos tangos y no toleramos que sean otros a los que les va mejor que a nosotros.

 

Se trata de una espiral en la que lejos de colaboraciones, se muestran competencias de las más insanas. La idea que subyace es que en un país no todos pueden ganar al mismo tiempo, que siempre tendrá que haber vencedores y vencidos.

 

Esto queda de manifiesto en el exitismo deportivo que mostramos para con los chicos y chicas que visten una camiseta celeste y blanca o de cualquier color de club. El primero es poco menos que un ídolo (o un Dios); el segundo es un amargo, pecho frío, que debería exiliarse en Timbuctú.

 

Decía antes que el flagelo está en todos lados. La Presidenta lo desnuda cuando acusa a los medios, a las empresas, al campo y a otros sectores sociales de querer boicotearla, sabotearla, destronarla.

 

Los medios opositores lo hacen cuando titulan en letras catástrofes cualquier banalidad o furcio oficialista, como si fuera el acabose.

 

La clase dirigente no alineada, cuando afirma que es el peor gobierno de la historia argentina y que es mejor no hacer nada hasta que se aclaren las cosas.

 

Somos un país repleto de oposicionistas y carente de opositores. Es una lástima. Si las cosas se equilibraran y tiráramos todos para un mismo lado, cada quien desde su propio lado, tendríamos alguna chance de volver a ser.

 

Ariel Neuman

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Agencia MP