Política 20-02-2009 - 586
Palabras
(Responsabilidades)
LA CULPA SIEMPRE LA TIENE EL OTRO
El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pero el argentino tropieza dos, diez, cien veces, y sigue tropezando. ¿Por qué? Porque nosotros no sólo no aprendemos, sino que no estamos dispuestos a aprender.
En la calle, la culpa siempre la tiene el otro. “Se me cruzó”, “pasó en
rojo”, “iba fuerte”. Lo que sea, pero la culpa siempre es del otro.
Esta semana me enteré que para el representante legal de una cadena de
electrodomésticos y para la abogada de una empresa de tecnología yo soy
responsable por comprar uno filmadora que sugieren como de uso sencillo y
práctico, pero que no es compatible con casi ninguna tecnología que hay hoy en
el mercado.
Cuando quise comprar un auto, un departamento, un pasaje de avión o de
micro, hubo siempre un único equivocado cuando las cosas salieron mal: yo.
La máxima del yo no fui es el primer síntoma de que no estamos dispuestos a
reconocer nuestros errores y, con ellos, nos negamos a aprender.
Es notable en el mundo escolar, en todos sus niveles. No se nos estimula a
preguntar. El que pregunta es un hincha, el que se equivoca un sonso.
En otras culturas, incluso latinas, preguntar es sinónimo de interés;
equivocarse es síntoma de crecimiento, y todo eso se alimenta por padres,
maestros y compañeros deseosos de progresar y ayudar al otro a hacerlo.
Nosotros, en cambio, somos los reyes de las excusas. Como las que dan los
delegados kirchneristas, legisladores votados por la ciudadanía, cuando dicen
que el primer caballero es también presidente del Partido Justicialista y que
no se puede separar a uno de otro cuando el esposo de la Presidenta decide
utilizar la infraestructura oficial para atender sus ocupaciones.
Quitarle el avión (Tango 10) al Vicepresidente para dárselo a un ex
Presidente que no se acostumbra a su condición de retirado, lejos de verse como
un error es relativizado cual avivada que no tiene la menor importancia.
En lugar de decir: “señores, metimos la pata y no lo volveremos a hacer”,
naturalmente sale la defensa corporativa tendiente a cerrar filas en torno del
patrón, para intentar arrancarle una sonrisa dirigida en la dirección deseada.
A los que levantan el dedo y señalan, en cambio, se les levanta otro dedo a
modo de respuesta.
Conste que no es cuestión de un partido u otro, de un tipo de gobierno u
otro. Todos son los mejores, son los Fanggio de la política y, por eso, se
creen con derecho a llegar y vanagloriarse de que lo que hicieron los
predecesores fue una real porquería y que si antes las cosas se hacían mal y en
veinte años hoy se hacen peor, pero en diez.
Así, bajo este esquema de no asunción de culpas, de lavado permanente de
manos y de fojas de servicio, no hay ninguna posibilidad de que una sociedad
mejore.
¿Por qué? Porque no está dispuesta a buscar esas mejoras, propuestas
superadoras que modifiquen un curso de acción al que siempre consideran
acertado.
¿Por qué manejar de otra forma si yo lo hago bien y todos los demás lo
hacen mal? Es la misma lógica que le aplica motes como buche, buchón, oreja,
alcahuete, botón y otros tantos a quien denuncia al infractor.
Somos un país de vivos, que en conjunto vemos como países llenos de
inocentes –o idiotas, como nos gusta llamarlos– ya nos están mirando por el
espejo retrovisor.
Ariel Neuman
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP