Política 27-02-2009 - 576 Palabras

(Inseguridad)

 

MATAR AL POLICÍA

 

Tres policías en ocho días. Casi un deporte. En eso se ha transformado el asesinato de uniformados.

 

Las fuerzas de seguridad son el brazo ejecutor del monopolio legítimo de la fuerza física que detenta el Estado. Los que los asesinan son individuos aislados, grupos o facciones que cuestionan ese poder y lo disputan.

 

En el medio, usted y yo, gente común que lo único que quiere es vivir en paz.

 

Matar al policía es más que rajarle un balazo a la cabeza a un joven padre que gana unos mil pesos y monedas por mes. Es cuestionar salvajemente las bases mismas del estado de derecho que prevé sanciones para los que no cumplen la ley.

 

Es desafiar las reglas de un juego llamado democracia, en el que la mayoría elige a quienes decidirán cuáles son las acciones sancionables y cuáles no.

 

No es ser el más macho del barrio dispararle a un joven oficial, ni pegarle un par de tiros al policía de la esquina que cuida a los chicos cuando cruzan la calle. Eso es ser un forajido, un bandido hijo de puta.

 

La ‘institución policía’ cambia a sus jefes, endurece o dulcifica su discurso, reclama presupuesto, equipamiento, armas, municiones. ¿Se sindicaliza para reclamar mejores condiciones de trabajo? En Córdoba sí, en la mayor parte del país, no todavía.

 

Matar al policía es un símbolo. Deja al descubierto que todos somos vulnerables. Los que llevan arma, los que no, los que tienen poder y el resto de nosotros.

 

Es un síntoma de putrefacción. De falta de respeto y de falta de temor.

 

¿Por qué? ¿Cómo se llegó a este desprecio y descontrol? ¿Qué hace que los hijos de mis vecinos, gente de clase media que va a colegios privados, que no pasa privaciones, que tienen su computadora y su acceso a Internet, pasen tardes enteras cantando a los gritos canciones de cancha que recitan en sus versos, una y otra vez, la cantidad de policías que van a matar?

 

Evidentemente, la institución no ha hecho todo lo que debía para ganarse o recuperar, si es que alguna vez lo tuvo, el respeto de la sociedad. Los sucesivos gobiernos que tuvieron fuerzas de seguridad a su cargo no han jugado más que al palabrerío político y han permitido que se marchitara la imagen que tenemos de los agentes del orden y la ley.

 

Es esto, claro, una gran y desleal generalización. El policía asesinado en San Isidro es prueba de que, individualmente, los hombres y mujeres de azul son bendecidos por las comunidades por el simple hecho de contar con su presencia.

 

Igual que Manuel, el custodio asignado a la parrillita de enfrente de casa. El agente al que los chicos de acá abajo saludan todas las mañanas cuando se van a estudiar y sobre el que cantan, tal vez inconscientemente, una danza bárbara alrededor de su futura muerte.

 

Vivimos en una sociedad confundida, que no marcha para pedir seguridad cuando matan a un pobre, a un morocho o a un policía.

 

Creemos que la muerte de un uniformado no es más que eso: un uniforme menos, una pizza más.

 

Estamos equivocados.

 

Con cada oficial muerto, acribillado, se va muriendo un poco de lo que como sociedad queremos o deberíamos querer ser.

 

Con cada baja, quienes desafían desde las sombras al poder legal, ganan un poco más de espacio. Y si ganan ellos, nosotros somos los que perdemos.

 

Ariel Neuman

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Agencia MP