Política 10-04-2009 - 553
Palabras
(Política – Corrupción)
UN ABISMO
Desde el fallecimiento de Raúl Alfonsín al sobreseimiento de Fernando de la
Rúa, no sólo pasó una semana, sino más bien un abismo.
Alfonsín fue velado con honores y la reproducción de las bondades de su
paso por el gobierno le permitieron al destartalado radicalismo pensar en la
forma de capitalizar la imagen del prócer con miras a las próximas elecciones.
De la Rúa, en tanto, acaba de ser sobreseído en dos causas judiciales al
menos delicadas. Una, por la represión de las manifestaciones del 20 de
diciembre de 2001 que dejó cinco muertos en Buenos Aires y decenas de heridos
en todo el país. Otra, por la contratación de empleados con sueldo del ex
Concejo Deliberante porteño para realizar tareas personales (cortar el pasto en
su quinta, por ejemplo).
Todavía tiene abierta, sin embargo, la causa en que se investiga el
supuesto pago de sobornos en el Honorable Senado de la Nación para aprobar la
Ley de Flexibilización Laboral en el 2000.
¿Qué pasó en la Argentina para que desde la salida anticipada de Alfonsín
del gobierno, uno tras otro los mandatarios terminaran sospechados por actos de
corrupción, incumplimiento de deberes, exceso de autoridad?
Una primera explicación, la que por estos días abunda en los medios, es que
Alfonsín fue el último presidente honesto que supimos conseguir. Antes de su deceso,
se decía algo parecido de Arturo Illia.
Al parecer, en la Argentina hay que morir para ser honorable. Y antes hay
que atravesar un camino plagado de palos en ruedas, lanzados por quienes luego
lo adorarán.
Una segunda variante, más maliciosa, es que las formas se cuidaron hasta
finales de los 80 y que, en el marco de la fiesta menemista que modificó los
patrones culturales y, con ellos, de valores y comportamiento social, la exposición
de las trastadas pasó a ser objeto de comicidad más que de reproche.
Hay otras explicaciones. Entre ellas está la que habla de una ciudadanía más
activa, desencantada de la política, que endilga a sus representantes los males
que la aquejan, no los reconoce como producto de su propio seno social y
castiga en otros lo que ella misma haría en su lugar.
Si esto mismo se lo aborda desde el propio poder político, la denuncia se
ha convertido en la forma que eligen quienes hoy tienen el poder para destruir
o minimizar el rol opositor o sucesor que pueden tener quienes lo ostentaron
antes. Aquí aparece la idea de ‘persecución política’ o ‘campaña en mi contra’
que tanto gustan invocar los ex funcionarios sospechados.
No pasa esto en otros países. No es una regla de la ciencia política ni de
la práctica política el que indefectiblemente un presidente deba ser
investigado por actos de corrupción cuando termina su mandato –o mientras aquél
discurre–.
¿Implica esto que la Argentina se está convirtiendo en un país legalista y
transparente mientras otros caen en la decadencia? ¿O será que entendemos que
el sistema judicial es una buena herramienta política y de venganza y no más
que eso?
¿Acaso estaremos madurando al investigar estos casos? ¿O nos habremos
vuelto tan, pero tan corruptos que no podemos concebir que alguien que tiene la
oportunidad de aprovecharse de su posición de liderazgo, no lo haga?
Ariel Neuman
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP