Política 11-05-2009 - 589 Palabras
(Elecciones)
HABEMUS CANDIDATOS... ¡QUÉ TRISTE!
¡Qué lindo es tener candidatos! Saber a quién se va a elegir para que,
probablemente, nunca llegue a asumir su banca. Tomar conciencia de que hace
apenas dos años se lo eligió para ocupar otro cargo, que ahora deja en busca de
nuevos rumbos.
¡Qué lindo es saber que la ley electoral puede ser pasada por alto tan a la
ligera! Que la campaña electoral uno la arranca cuando se le antoja y que las
internas para designar a los candidatos y sus posiciones en las listas no se
hacen prácticamente en ningún partido.
¡Qué bueno es enterarse de que las listas se cerraron a último minuto, en
función de la imagen que tienen los postulantes y no de las ideas para el
futuro de la Nación!
Interesante es pensar también en qué pasará una vez que pasen las
elecciones, pero antes de que los representantes del pueblo y de las provincias
asuman sus cargos, unos cinco meses y medio después de elegidos, tres semanas
antes de que arranquen las vacaciones de verano.
La democracia no es sólo el acto de votar cada dos años para elegir a
quiénes les delegaremos el poder de representarnos. Así entendida, carece de
todo contenido, de cualquier finalidad. Se transforma, en cambio, en no mucho
más que en una puja de poder de la que sólo participamos como espectadores, y
en la que terminamos eligiendo al igual que los jefes de partido eligen a los
aspirantes a ocupar cargos: señalando con el dedo al que mejor salió en la televisión.
Un sistema así evidentemente no nos educa, no nos cura y no nos da de
comer. ¿Es culpa del sistema? No parece. En otros países, vecinos incluso, las
elecciones de representantes tienen un valor que va más allá del triunfo o la
derrota de tal o cual candidato.
Nosotros nos hemos acostumbrado al latiguillo post cierre de los comicios de que “se ha vivido una nueva fiesta democrática”, y la verdad es que sin propuestas de fondo, azuzando los miedos, hablando de “enemigos”, peleando vilmente por los potenciales cargos, se está más cerca de una oligarquía que busca perpetuarse en el poder que de un gobierno de todos y para todos.
Los clásicos griegos definían a nuestro sistema como una corrupción de la
aristocracia, aquel en el que los mejores gobiernan a favor de todos. Aquí, en
el sistema oligárquico, se limitan a gobernar a favor suyo y de sus entornos.
El componente democrático aparece sólo en el plano nominal. Podemos elegir
de entre un grupo de ya elegidos en función de los favores previamente hechos
al líder de turno.
Así, entonces, aparecen en las listas funcionarios en actividad que ya han
confirmado que ni piensan asumir si son elegidos; políticos impresentables;
sindicalistas que cobran favores; empresarios que buscan un poco más de
adrenalina o llegada directa al poder político; actores y músicos que hace
tiempo no logran brillar en sus áreas del arte, y una serie de otros
postulantes con las mismas falencias que los anteriores.
La pregunta que a esta altura me hago es si vale la pena escribir sobre esto, insistir sobre el punto y dejar en evidencia que la democracia en sentido profundo se nos está escurriendo por los dedos. Al fin de cuentas, si la ciudadanía no se define y se convence de que la forma para que esto cambie es empezar a actuar, justamente, como ciudadanos y no como consumidores, todas estas letras seguirán siendo en vano.
Ariel Alberto Neuman
redaccion@agenciamp.com.ar
Agencia MP